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martes, 19 de julio de 2022

La noche del cuarto día

 En el año 2215, en la vorágine de un mundo sumido por la tecnología, Ilho Folau se ganaba la vida como ladrona cibernética durante las noches más agitadas de Singapur.

Las principales ciudades del planeta, desde Los Ángeles hasta Tokyo y desde Buenos Aires hasta Oslo, habían perdido su esencia urbana a partir del advenimiento de los microprocesadores, los hologramas, la biotecnología y el electromagnetismo. Sin que la humanidad se diera cuenta, casi en un parpadeo que se saltó doscientos años, se dejaron de utilizar las calles como vía única de transito vehicular, se dejó de usar papel como dinero corriente, los aparatos analógicos pasaron a ser la base de la automatización y las personas, poco a poco y mediante un mundo avanzado que los mantenía ocupados, fueron perdiendo sus últimos gramos de ética y solidaridad que le quedaban.

Sin embargo, en las zonas descentralizadas la cotidianidad era otra. Tanto en los sectores rurales como en las ciudades costeras más alejadas del centro, las rutinas contrastaban notoriamente: En la Capital, el circuito de capitales iba en torno a la metalurgia, las importaciones y exportaciones portuarias y los laboratorios químicos que hacían que la mayoría de los habitantes se trasladara por la ciudad con barbijos debido a la emisión de carbono, y los casinos, las pandillas, los pobres, los ricos, las empresas, los animales y hasta los vidrios de los edificios se adornaban de una parafernalia punk y cibernética con la que años atrás el ser humano disfrutaba de fantasear en vistas a un futuro cada día más incierto; y por el otro lado, las ciudades más lejanas, las zonas rurales y costeras adoptaban una vida permacultural, preservadora y verde, donde las personas, si bien daban uso y explotaban las facilidades de la biotecnología, la única manera de ganarse la vida iba en torno a las ventas de sus cosechas masivas y poco más, y acá es donde jugaba un papel crucial la curiosidad de Ilho.

Mensualmente y en razón de un solo día, un tren flotante que salía desde Jurong por la ruta magnetizada recorría, de punta a punta, los puertos de carga de siete ciudades costeras agrícolas, para luego pasar por otras dos aledañas al Distrito y depositar allí las cargas en centros logísticos de distribución. Así, estas ciudades obtenían sus principales ingresos que debían repartir entre ellas y que, desde ya, no les alcanzaba para mucho.

Así se explica lo de Ilho. A sus 17 años, la joven supo ganarse de las grandes corporaciones, bancos, empresarios, casinos y hasta las más cruentas mafias, una infamia bajo el fenómeno de «la noche del cuarto día». 

Todos los meses, una vez finalizado el recorrido del tren flotante que, casi siempre, se realizaba al cuarto día hábil, la ladrona se escabullía por los techos y violaba los protocolos de seguridad más complejos para hackear, vía cable y a través de una anticuada laptop logueada con el sistema Unix V7, las bases de datos de la tesorería de las organizaciones más acaudaladas y dueñas del mayor porcentaje de ingreso bruto del país. El plan era muy simple, con el correr de los años y ante el advenimiento de tecnologías más complejas, los sistemas de seguridad de última generación ignoraban, por inercia, los cimientos de sus bases multitarea, haciendo que cualquier movimiento digital no registrado quedara como un misterio y dejando obsoletos los datos biométricos de la inteligencia artificial de turno. Además, ¿quién sospecharía de una campesina que viene a repartir frutas y verduras?

Gracias a esta sana cleptomanía, las millonadas de divisas se distribuían entre las siete ciudades costeras mediante el tren flotante hacía su retorno y las víctimas del robo sufrían de su imbecilidad extrínseca por la audacia de Ilho que, aunque joven, se las arreglaba para ocuparse de la subsistencia de sus semejantes sin permitirse distracción alguna, salvo pocas ocasiones.

En el viaje del mes siguiente, la rutina de Ilho fue la misma: preparó su muñequera digital donde figuraba la agenda de entrega, chequeó la carta de stock de todos los vagones, se puso sus botas y guantes con tecnología de sigilo, cargó su laptop en una mochila vieja y salió nomás. Acorde a cada punto de destino, Ilho aprovechaba para hacer su travesía correspondiente, se subía al tren flotante y seguía camino, pero en el intervalo de una de las paradas del mismo, tras agotar las reservas de un banco local aledaño y fingir indiferencia entre el público, pasó por en frente de un bistró y no pudo evitar mirar a través del vidrio.

Todo se veía diferente, el montaje del lugar en el interior, la estética de la gente, sus rasgos, su vestimenta. Aunque en Singapur fuera de noche, a través del vidrio se veían claros solares que acariciaban las caras de los que estaban dentro, disfrutando de su café. Se fijó mucho en su apariencia, en las pieles blancas, los ojos grandes, la elegancia de vestir que lejos estaban de asimilarse al estereotipo singapurense y robotizado. Miraba a su alrededor, tratando de asimilar a los transeúntes de la calle a los del interior del bistró sin éxito alguno.

Quiso entrar al lugar, pero apenas pasaba por la puerta, como si fuese por arte de magia, el café se tornaba "normal", con las características propias y suburbanas que correspondían al exterior. Salió, y nuevamente el vidrio reflejaba esa realidad diferente, de otra época, con gente de otra época. Intentó no perder la cordura y quiso llamar la atención de uno de los clientes del café, un muchacho de anteojos, de pelo atado y camisa azul que disfrutaba de su lectura, pero era inútil, ni golpeando el vidrio logró cautivarlo.

Pero de repente, como si fuese el viento que empuja un charco de agua, el vidrio volvió a reflejar el interior real del lugar con las personas que en aquel momento estaban tomando su café nitrogenado y que miraban con sorpresa a Ilho, que había estado golpeando el vidrio con la mano y haciendo gestos para llamar la atención de alguien que ya no estaba.

Sin entender mucho, Ilho volvió al tren flotante, hizo su última parada para entregar mercadería y, a la vuelta, se sentó junto a la ventanilla del vagón para revisar el estado de su cuenta digital después de otra noche de robos, pero cuando terminó y quiso descansar el resto del viaje mirando el paisaje, a través del vidrio volvía a distinguirse algo diferente; parecía también un transporte, pero más viejo y sucio, con mucha gente que vestía casi igual a quienes había visto a través del bistró pero, más que otra cosa, distinguió al mismo muchacho al que había querido llamarle la atención, sentado, abrigado, con barbijo y nuevamente leyendo un libro.

Sobresaltada, se paró del asiento súbitamente y atinó con ver el reflejo de las demás ventanas del tren, que no reflejaban más que la noche iluminada del exterior. Tratando de calmarse, se acercó al vidrio para llamar la atención de aquel lector haciéndole señas con la mano, como saludándolo, sacó un fibrón de nanotinta y escribió "Ey!" bien grande sobre la ventana, pero tampoco podía verlo. El reflejo se desvaneció.

Antes de irse a dormir, Ilho reflexionó sobre éstos episodios, sobre lo que había visto. Pensaba en si conocía de alguna forma al tipo del tren, si lo había visto en algún otro lado, si era alguna de sus víctimas que por fin la había identificado y estaba tratando de jugarle una mala pasada con un juego de hologramas. Hasta llegó a pensar en si era una una visión que su mente le generaba por puro remordimiento y culpa de hacer lo que hacía, que más allá de ser por una buena causa, no dejaba de ser un delito. No encontraba razón que la dejara tranquila, no quiso darle más vueltas, dejó pasar las semanas y optó por quitarle importancia.

Poco tiempo después, cuando ya era la noche del cuarto día en el centro de Singapur e Ilho ya tenía su agenda llena, no solo del recorrido del tren sino también de su itinerario de robos, le fue inevitable pensar por qué esta vez no había visto nada semejante a lo del mes anterior. Ningún reflejo de ningún vidrio le había permitido ver nada durante toda la jornada, casi que le ganó la decepción pero algo tenía por seguro: lo que sea que estaba viendo, solo ella lo veía y hasta parecía que la seguía. Cuando llegó a la última parada, la joven dejó sus cosas arriba del tren flotante y le indicó vía remota al operador que la esperaba en su granja al otro lado del país, que pasaría la noche en la Capital y regresaría a la mañana del día siguiente. Ella estaba obsesionada con ver, al menos una vez más, al lector aquel, aunque no sabía bien para qué.

A plena madrugada, deambuló por la calle sin rumbo alguno, cruzó algunos puentes, atravesó las peatonales más contrabandeadas, alquiló un deslizador aéreo para hacer más amena la travesía y aprovechó para planear próxima a los edificios más altos, precisamente cerca de las ventanas, sobrevoló al ras del agua los principales ríos y surcó los bajoniveles de neón de toda la ciudad con un solo propósito en común. Pero la noche se le fue muy rápido, sin que le permitiera ver nada.

Al amanecer, con los primeros destellos de luz y con la decepción de no haber visto lo que esperaba, Ilho decidió volverse a la granja en un bullet que salía de la estación costera y, cuando iba en camino, en el cristal de una tienda de mecapartes, vio como empezaba a difuminarse el reflejo para plasmar, una vez más, la imagen de aquel lector que ella tanto estaba buscando. Pero cuando Ilho se acercó al cristal y observó al lector, sentado de espaldas y con la vista hacia abajo, se dio cuenta de que no estaba leyendo, sino escribiendo.

Ilho sabía que cualquier intento para llamarle la atención sería inútil, así que astutamente eligió observar todo lo que pudiera, únicamente para tratar de entender algo, para explicarse por qué esos reflejos la buscaban solo a ella o al menos sacarse la duda de quien era aquel tipo. Se acercó sin prudencia a la distancia, apoyó las manos sobre el vidrio y estudió minuciosamente cada detalle del lugar, desde los muebles de roble hasta las máquinas viejas de café del fondo, los televisores planos ya obsoletos que sintonizaban un canal de noticias y lo que tenía el lector, ahora escritor, sobre la mesa.

De entre tantas cosas, más le llamó la atención la actitud de aquel tipo, se acordaba de las otras dos veces que lo había visto y le fueron suficientes para entender que se trataba de alguien muy afín a la literatura, al arte escrito, factores que en su mundo tan cibernético ya no existían hace mucho. Además, las etnias, la vestimenta y la costumbre general del lugar no le servían para identificar si se trataba de aquel u otro país occidental, pero sí le eran útiles para saber que eran imágenes de un tiempo muy descontinuado, probablemente del 2025 o antes, pensaba.

Probablemente debió haber desistido de su curiosidad más temprano, porque ya sin nada que observar, solo le quedaba intentar distinguir qué era lo que el muchacho tenía escrito en su libreta reglada, y trató de leer.

La letra del escritor no era mala, pero sí muy chica, solamente llegaba a distinguir palabras con mayúsculas como Singapur, Distrito o Unix V7, y acá empezaba su sorpresa, pues estaba hablando de su país, más bien del centro y del sistema operativo que ella misma usaba para hackear. Quizás lo tomó como una coincidencia, capaz hasta como una epifanía pasajera en forma de reflejo a la que no le dedicó mucha atención, pero sí le llamó la atención que el escritor se levantara de la mesa, probablemente para ir al baño, dejando la libreta arrimada al borde y por tanto más legible.

Ilho se acercó aún más, haciendo un zoom esforzado frunciendo los ojos, y empezó a leer. Efectivamente hablaba de su país, de su Capital y de las zonas rurales de donde ella venía, de un contraste tecnológico del cual, para sorpresa de ella, el escritor era consciente aún estando dos siglos atrasado en el tiempo, pero eso no era todo.

La joven continuó leyendo con una preocupación exponencial y compulsiva, descubriendo que mientras más leía, más identificaba lo que estaba escrito con la realidad de su mundo, pero lo que nunca hubiese imaginado leer, era el ceñido detalle de las aventuras de una joven ladrona de las granjas de Singapur, que aprovechaba las noches para robarle a las corporaciones una vez al mes en la noche del cuarto día y que, en un par de eventos desafortunados y confusos, se encontraba con su autor creador en un bistró, a través de reflejos visuales en los vidrios de su ciudad.

jueves, 9 de junio de 2022

La edad de las palomas

 En el principio de nuestros días y tras millones de años de evolución, Anaj, el primer precursor de las palomas modernas, nacía en el paradisíaco e impoluto Medio Oriente, donde regía el Imperio de las Aves.

En aquel Imperio, las palomas eran las aves predominantes por razones lógicas: desde los dinosaurios y el desastre ecológico, fueron las que mejor supieron adaptarse y nadie les pudo arrebatar la mayoría numérica de miles de millones alrededor del planeta.

Con el tiempo, asentaron las bases y condiciones para su supervivencia; se organizaron bajo una monarquía parlamentaria, enviaron emisarios embajadores a cada región del ecosistema, dividían la defensa del ejército entre todos los tipos de aves sin discriminar entre aves voladoras y no voladoras, veloces o lentas, de biomas fríos o cálidos, de pico largo o corto, y hasta incluyeron tratados diplomáticos entre reptiles y mamíferos para cuestiones comerciales. Todo regulado por diferentes organismos del Imperio.

Entre las palomas, quienes más poder tenían eran los integrantes de la familia real, donde Anaj era el Príncipe de las Palomas. Pero él era diferente, él era el primer ejemplar de un nuevo ciclo evolutivo de la especie: era más alto, de alas más largas, de cuello más gordo, con pico más largo y un corazón inmortal. Pero sobre todo, podía hacer algo que ningún ser vivo pudo hacer hasta ese momento: pensar.

Pasaron milenios, Anaj fue creciendo y con cada década que pasaba se volvía más fuerte, más veloz, más inteligente. Llegó a estar a cargo de todos los organismos de su monarquía, enseñó destrezas inéditas para otras palomas, lideró batallas épicas con otras especies, supervisó los tratados internacionales más determinantes de la época y, en muy poco tiempo, se convirtió en ser vivo más emblemático de todos.

Tal fue el respeto que le tenían al Príncipe, que nada se firmaba, a ningún lado se iba ni nada se modificaba sin su autorización. De una forma u otra, nada le pasaba desapercibido.

Sin embargo, hubo una sola cosa que no vio venir.

De entre tantas especies en el planeta, siendo la mayoría aliadas del Imperio, hubo una que a través de los centenares evolucionó sorpresiva y ostensiblemente rápido, expandiéndose por toda la región y con una naturaleza destructiva que consumía y alteraba los órdenes del ecosistema a cada paso que daba y que, para este entonces, ya era muy peligrosa: el humano.

El Príncipe estudió todas las soluciones posibles; desde mandar a destruir sus asentamientos principales y quemar sus cosechas, hasta asesinar a la mitad de ellos y desacelerar su crecimiento. Pero ante todas las cosas, Anaj respetaba la voluntad natural y decidió que, por más que le pese, no debía intervenir en ello y dejar que el humano siguiera su curso a través de los tiempos.

Aún así y a pesar de su bondad, el Príncipe se equivocó. Cuantos más años pasaron, el humano se tornó más destructivo. Su ansiedad de poseer y consumir fue la base de la estabilidad de su sociedad, porque mientras más poseía más poderoso se volvía y mientras más consumía más asentaba su sociedad. Al poco tiempo no solo equiparó la mayoría numérica del Imperio de las Aves, sino que al superarlo en cantidad supo también superarlo en condiciones; destruyendo bosques y agotando praderas para ampliar su población, y cazando cada vez más animales para alimentarse, debilitó exponencialmente las capacidades de la monarquía de Anaj.

Lo que una vez fue un abundante paraíso para las aves, ahora eran puñados menores de árboles dispersos donde las palomas debieron segmentarse para sobrevivir. A través de los años, y bajo sociedades de varios nombres, el humano fue destruyendo paulatinamente al Imperio de las Aves, cazándolas por comida o hasta por diversión.

Como era de esperar, el ser humano también se volvió inteligente y, al igual que las palomas, estableció no solo uno, sino varios imperios o estados alrededor del mundo para asentarse como la especie predominante. Construyó industrias, selló las bases de una evolución que dependiera solamente de sí mismo y encontró en la ciencia un instrumento para su prevalencia. El Príncipe no ignoraba esto, pero mayor era su afán de venganza que de templanza, y eventualmente determinó que ya era suficiente.

Con la lealtad inalterable de sus súbditos, convocó a los emisarios más relevantes de la resistencia del Imperio de las Aves y los reunió en la cima de un edificio de Egipto para organizar un plan de ataque contra los humanos. La idea consistía en incrementar su reproducción para volver a superarlos en número y, con el tiempo, hacer honor al mal usado término de plagas que los humanos les dieron para evitarlas. Básicamente, se decidió hacerle la vida imposible al ser humano para desestabilizarlo.

Si alguna vez se escuchó que "una plaga de cuervos consumió toda la cosecha de maíz de una productora", o que "gaviotas reposaron sobre un cableado y dejaron sin energía a una ciudad entera", o bien que "un avión de pasajeros se estrelló en el Mediterráneo tras atrapar a una bandada de palomas en sus hélices", no se trataba de accidentes inoportunos, sino de los eslabones de la guerra sin cuartel que las aves habían librado contra los humanos para recuperar lo que alguna vez fue suyo desde el principio.

Y así, las aves estuvieron en guerra con los humanos hasta días presentes y, sin embargo, no fue suficiente, porque si bien las aves, principalmente las palomas, se llevaban vidas humanas a su vitrinas y eran responsables de grandes desastres, vieron que poco le importaba al humano las pérdidas de sus semejantes. De una u otra manera, siempre serían la especie prevalente; si las palomas destrozaban una granja, había docenas que producían el doble, si había una fábrica a la que le quitaban suministro energético, otras miles aportarían lo mismo en otra parte del planeta, o si las palomas decidieran asesinar a sangre fría a un humano importante en la sociedad, habría otros igual o más importantes en alguna otra parte. 

Así, las palomas terminaron por destruirse a sí mismas en una guerra inútil que solo terminó por beneficiar al ser humano. El Príncipe Anaj vio como sus seguidores poco a poco morían o abandonaban la causa perdiendo su fe en él, se martirizaba por no haber eliminado al ser humano cuando tuvo la oportunidad, maldecía a la naturaleza por haber sido tan débil frente a la voluntad humana y entendió que, en vez de haber sido el eterno Príncipe comprometido con su aves, terminó siendo el responsable de que aquellos que constituyeron lo que alguna vez fue un Imperio, hoy sean un reflejo de sus errores, deambulando en las calles urbanas, comiendo migas de lo que fuere y anidando en postes de luz, sobreviviendo a la merced de otra especie.

Entonces, devastado, el Príncipe se exilió al frío del norte, donde sabía que ninguna paloma jamás lo encontraría, volando hasta el cansancio y derramando la última de sus lágrimas. Al reposarse en el roble más grande, se enroscó entre sus alas, pidió perdón por no haber honrado la edad de las palomas y, aquel día, Anaj murió, jurando reencarnar en algún humano que reflejara vergüenza al cruzarse a sus palomas hermanas caminando por las calles, esquivándolas, respetando su paso, algún día, en algún sitio.

lunes, 23 de mayo de 2022

La mesa de polvo

En la antigua Ciudad de Buenos Aires de 1889, el joven Francisco Caña escribía sus primeras líneas como cronista en el diario La Prensa, mientras tomaba su cortado en el Café Tortoni.

Todo el país estaba tenso por el advenimiento de una crisis económica por la reciente Ley de Bancos Garantidos que había sacado el Presidente Miguel Juárez Celman. En las sesiones de senadores se debatía sobre si el Gobierno de turno era realmente capaz de hacer frente a las necesidades federales e institucionales, si la delegación de responsabilidades al Gobernador Máximo Paz en pos de solucionar las huelgas en Buenos Aires resultaba efectiva, o si el Ministro del Interior Wenceslao Pacheco había llegado al cargo para colaborar íntegramente con el gabinete o si en realidad era otro calienta bancas que llegaba para cobrar un salario público por ser "conocido de".

Cuando a Celman le llovían críticas de los opositores, Francisco sabía que eran justificadas pero entendía que era imposible publicar contra el Presidente. Si al Ministro del Interior lo criticaba la prensa popular por rumores de corrupción, era imposible que Francisco hiciera una columna en contra de un miembro del gabinete. Si a Julio Argentino Roca querían desestimarlo del PAN, el sentido común de Francisco lo hacía estar de acuerdo pero más le convenía publicar que «Mientras habla la minoría, se fortalece el Unicato». Además, barato le salía y demasiado cobraba por saber con quién podía meterse y con quién no.

Con esa premisa, el joven cronista se asentó como un habitué de peso en las columnas principales del diario; impulsó y ratificó medidas políticas polémicas, fomentó la polarización de la sociedad y fue el principal artífice de las causas mediáticas que, entre otras disputas, convergieron en la Revolución del Parque y, por si fuera poco, acrecentó su imagen popular en torno a las clases más altas a costas de fingir una identidad política y contradecir sus ideales.

La metodología era la misma. Cada vez que el diario bajaba la orden de emitir un comunicado sobre tal o cual personalidad o hecho político, Francisco se abrigaba, agarraba sus cosas y convertía al Tortoni en la cuna del pensamiento popular del día siguiente.

Con la renuncia de Celman consumada, en parte también por sus operetas generadas para favorecer a un Carlos Pellegrini cada vez más popular, Francisco supo asegurarse un puesto de prestigio entre la opinión pública. Tanto llamó la atención que, tiempo después, dejó de publicar en el diario La Prensa y se dedicó a brindar entrevistas a otros diarios populares, a redactar panfletos de partidos autonomistas y, principalmente, a escribir reseñas sobre personalidades influyentes del momento, según el interés del contratista.

En su afán mercenario, Francisco hizo de su oportunismo una virtud: Se codeó con gente importante, fue artífice del hundimiento de la misma, reivindicó a pocos y se aseguró de que, donde sea que vaya, su nombre se dijera con altura y temor.

La mayoría de las veces, el prestigioso cronista no ofrecía sus servicios a nadie, sino más bien lo iban a buscar donde sabían que lo iban a encontrar. En el Tortoni, si alguien entraba y veía a Francisco Caña, sabía que era mejor sentarse a varias mesas de distancia, o bien, si él entraba, aquellos sentados pagaban la cuenta y se retiraban, o movían su café a la barra, para dejar el lugar libre.

Pero un día como cualquier otro, Caña llegó al café, tomó asiento y se puso a leer. Al minuto, un hombre alto y con bigote entró detrás de él, lo siguió y una vez sentado le preguntó:

—¿Francisco Caña?

—¿Quién pregunta?—, retrucó el cronista.

—Preciso conversar con usted.

El hombre se identificó como «un emisario de la Unión», le dijo que necesitaban de sus servicios para sabotear el alzamiento del «peor enemigo nacional», que era de extrema urgencia que su voz se pronunciara nuevamente en el diario La Prensa alertando a la sociedad que este sicario jamás triunfaría ante la fuerza popular, que le garantizarían la tapa y que pagarían muy buen dinero.

Caña hizo silencio, dubitó un momento y, mirando a los ojos del hombre desconocido, afirmó:

—Pague el doble de lo que me ofrece y considérelo hecho.

Se estrecharon la mano y acordaron volver a reunirse en tres días, en el mismo lugar.

Durante los días siguientes, Caña concurrió al Tortoni y se sentó en la misma mesa. Pasó horas escribiendo a mano, sacándole humo al papel e ingeniando la columna más feroz y aniquiladora que había escrito en su vida sin reparar en su anhelo por el dineral que esto le significaría.

Una vez terminada, Caña contempló la nota y muy convencido pensó «uno más al que hago polvo».

Al día siguiente, se vistió con su mejor traje, calzó su galera, plegó la nota en su bolsillo y se dirigió nuevamente al Tortoni.

Al entrar, se ubicó en la mesa de siempre a esperar al hombre alto y con bigote, pidió un café y decidió leer su columna una última vez. Con cada línea que leía se enorgullecía más de su capacidad radial, cada párrafo era un guiño a su billetera y la metafórica que había aplicado le parecía sencillamente inigualable.

Pero cuando comenzó a leer su último párrafo, el más largo de los que escribió, empezó a sentir mucho calor. Se sacó el traje mientras leía y sintió la necesidad de también quitarse la bufanda, abrirse el chaleco y arremangarse la camisa. Apuró su lectura para poder refrescarse pero mientras más rápido leía, más calor sentía, y al llegar a la mitad, Francisco sintió como los ojos se le prendían fuego, también sus manos, también el pecho, mas era imposible que dejara de leer. Continuó recitando el párrafo hasta el final hasta que súbitamente comenzó a calcinarse y carbonizarse mientras pronunciaba el último de sus renglones a gritos desesperados y, mientras lo hacía, se iba desintegrando en cenizas hasta que por fin, terminó de leer.

Grata fue la sorpresa del hombre alto y de bigote cuando llegó al Tortoni y entendió que aquello que necesitaba con urgencia se había cumplido, una vez que vio la mesa en donde iba a reunirse, llena de polvo.

sábado, 30 de abril de 2022

Antología de cómo endulzar a Choferes de Transporte - La mentira canalla

Cuando se trata de fútbol, a veces es mucho más fácil.

Todo el mundo sabe que en Argentina se vive alrededor de tres cosas: las quejas por los políticos, el fútbol y los descansos del fin de semana. A mi me tocó, increíblemente, todo junto.

Era el viernes seis de Noviembre del dos mil quince, me acuerdo muy bien porque todo el país vivía en una burbuja insoportable de indignación e incertidumbre por dos cuestiones: primero, porque por primera vez en la historia argentina se había llegado un balotaje en las votaciones presidenciales, la mitad del país quería que se vayan los kirchneristas y la otra se cagaba en las patas si ganaba Macri, ya sea por las campañas o por los noticieros, no se hablaba de otra cosa; y segundo, si se hablaba de otra cosa, era del robo histórico que le habían propiciado a Rosario Central hacía dos días, cuando perdió contra Boca por culpa del árbitro Diego Ceballos.

Además, aquel viernes a la mañana, el tránsito estaba colapsado por los viajes del fin de semana y yo me estaba yendo a la casa de una ex novia porque nos íbamos a pasear al Tigre al día siguiente. ¿Dónde más podía estar yo que no sea arriba de un remís?

En contexto, si bien siempre fui hincha de Boca, no me daba la cara para negar o desatender las injusticias por las cuales se veía notablemente favorecido. Obviamente, hasta hoy, cuando se trata de equipos grandes o que tienen un movimiento de capitales importante en el fútbol argentino, siempre se inclinan la cancha y la balanza, y Boca no era el único, pero sí era, para aquel entonces, a quien más descaradamente querían favorecer.

En este caso, no recuerdo ningún detalle físico del chofer, ni manifestación de algún carácter en particular, simplemente quise leerle la cabeza, de nuevo, a un alma en desdén porque estaba aburrido y los dos datos más relevantes que saqué fueron; era comunista e hincha de Independiente.

Automáticamente supe que, de entre tantos temas tan preponderantes para el momento, de política no podría hablar, porque los comunistas de política no saben nada y es más factible que sepan más de teatro, sin embargo, yo de teatro no sé nada, yo sé de fútbol.

—Claro, supongo que en tu caso ya sabés a quien votar—, le dije.

—Nah, qué se yo—, dijo. Já.

Podría haberme reído pero no tenía ganas de alimentar una semilla latente de discusión política, además ya tenía suficiente siendo comunista e hincha de Independiente, contra el cual yo no tengo nada, pero tampoco venía bien, porque estaba ascendido hace casi dos años y saltaba de técnico en técnico para hacer pie en la Primera División.

—Estoy cansado de que nos quieran cagar, hasta en la B nos tiraban mierda y desde el club no saben qué carajo hacer—, me decía, y tenía razón.

Como dije, yo siempre fui de Boca, mas el deseo de complementarme con su desdicha hizo que desde lo más profundo de mi corazón futbolero le diga:

—Y sí, yo también se lo que se siente...

Me preguntó de qué cuadro era, y de nuevo, no lo contuve:

—Yo soy de Central.

—¡Uy cómo los cagaron a ustedes!—, me dijo eufórico.

Volví a comprobar, entonces, que los hombres faltos de empatía son hombres sin compañía en sus pensamientos. Digo hombres, porque por años se les vendió el verso inútil de la fortaleza y la prosperidad , que desatender sus impresiones sobre el mundo superponiendo la responsabilidad por sobre todas las cosas estaba bien, cuando en realidad logró nada más que incontables generaciones de hombres toscos, crueles o sin expresión de sus sentimientos. Este pobre remisero, probablemente no era la excepción.

Quiero decir, de la misma manera que el hombre moderno no tenga la culpa de haber sido criado históricamente bajo esos dogmas de represión, sin nombrar que tampoco es culpable de que algo tan fantástico como el fútbol llegara a la humanidad convirtiéndose en lo más pasional del planeta ¿por qué sí tendría la culpa de, encima, haber nacido hincha de equipos como Independiente, de Central o de Boca?

No es justo. Mi empatía, aunque con un desenlace falso, seguía siendo justificada.

El remisero siguió contándome cosas sobre Independiente, de Bochini, de las Copas Libertadores, de Usuriaga, de las gambetas del Kun y de los bailes a Racing. Yo lo escuchaba. Asentía. De vez en cuando me giraba la cabeza, hacía énfasis en una anécdota, le sonreía y seguía escuchando. Rosario Central no tenía nada que ver en la historia con Independiente pero, por algún motivo, tiraba comentarios como «¿Ustedes? Ustedes son los más grandes de Rosario», «Coudet es tremendo», «Si el fútbol fuese justo ustedes serían campeones de América».

Para el final del viaje, el semblante del remisero había cambiado completamente y nos despedimos deseándonos buena suerte para el próximo campeonato.

Es hasta el día de hoy que sigo pensando ¿qué pasará cuando todos los hinchas del fútbol argentino seamos igual de empáticos con el otro de manera desinteresada?