Que lindo será una buena compañía
te das cuenta que podes ser cotidiano,
que podes ser sincero,
que sabes que estás bien,
y te garantiza una buena pasada a cuestas de todo.
Que lindo será ser argentino,
que por más que vos seas agrandado,
prediques con los tuyos aquello que nunca sabrás,
y te surja una cara de ogete,
no fue un argentino quien te puso el hombro.
Que lindo será ser pasivo,
que no te cuesta contagiar a los demás,
que una buena pasada es normal,
que los buenos momentos no se fuerzan,
que tu vía es la tuya y de quien vos quieras.
Que linda será Buenos Aires,
que sea con quien sea te sentís cómodo,
que nunca te sentís solo,
que vas de acá para allá maravillándote,
y, encima, te enamoras más que antes.
¿Por qué será que uno es tan gil,
que por más buena influencia,
o excelencias excepcionales,
o mismo aquellos tuyos,
que no te pueden sacar una mueca siquiera?
Que linda será tener esa virtud,
de ser inmortal en tus queridos,
que sabrás que nunca te faltará nada,
que sabrás que a ellos tampoco.
Que lindo será el clima,
que por más violento o insulso sea,
no solo se banca al sol,
sino que trae mariposas,
y las posa sobre su mejor obra.
Que linda seras vos,
que estás ahí, petrificada,
demostrando otras cosas,
pero haciendo tu mejor intento.
Que lindo seré a mi manera,
que aquel que me entienda,
no solo podrá ser privilegiado,
sino también vanidoso de lo que tiene.
Capaz no es tan lindo que sea así,
porque capaz se planeó diferente,
pero si algo así se planeó,
entonces no está destinado a ser.
Que lindo será predisponerse,
que te chupa un huevo lo ajeno,
que te chupa un huevo el destino,
que te chupa un huevo la paciencia,
y, sin embargo, sigo acá.
Que lindas serán las chances,
que si no las aprovechas,
te quedas tranquilo,
porque más adelante, vienen mejores.
Que feo será no aprender de las cosas,
y seguir cegado por tu compañero,
que te olvidas de lo que tenés,
y por eso podés perder tanto.
Pero que lindo será,
Dios santo,
que lindo será,
proceder aún así,
y proceder con vos.
Traducí a cualquier idioma:
jueves, 30 de marzo de 2017
sábado, 18 de marzo de 2017
La primera vez más divertida.
El 18 de Marzo del 2017 fue la primera vez que salí con mis amigos y mi novia al mismo tiempo y la pasamos bien.
Dada la situación de que, por cuestión de respeto, pudor o vergüenza, nunca coincidimos tan felizmente en una salida, atrevo a mi capacidad radial para describir las sensaciones de dicha salida.
Fue la primera vez que presencie a mi novia en un pedo más alegre que aquel que supo disfrutar cuando salió a bailar con sus amigas, haciendo que los temas de Ricky Martin o Maluma parezcan covers al lado de la énfasis de ella al cantar.
Fue la primera vez que me junté con mis amigos (en más de 7 años de amistad) que nunca, en ningún momento, hablamos de fútbol. Somos privilegiados hinchas de Boca, Lanús, Independiente y Arsenal, fanáticos de la Champions League y totalmente adictos al fútbol. Ni el quilombo con el campeonato argentino, ni el sorteo de Cuartos de Final de la Champions, ni la Copa Libertadores, ni la increíble remontada del Barcelona ante el PSG, que todavía da que hablar, fueron centro de conversación en aquella mesa que terminó repleta de cerveza, papeles y envidia de todos aquellos que nos miraron bailar. Quizás fue por la presencia de una mujer en el grupo que supimos tener un poco de respeto, y en vez de hablar de fútbol, nos pusimos a contar chistes.
Fue la primera vez que me sentí tan cómodo con una mesera, rubia de ojos oscuros y una sonrisa complaciente que forzaba a sus atendidos a devolverle una sonrisa. Fue la primera vez que una mesera pudo cumplir con nuestras expectativas y que (y esto vale mucho) se sintió muy cómoda con nuestro trato y nuestra propina. Definitivamente me gustaría que nos atienda otra vez.
Fue también la primera vez que vi a uno de mis mejores amigos bailarse temas de cumbia, reggaeton, pop y salsa de tal manera que el conductor quiso sacarlo a bailar, cuando en realidad a él le gusta el tango, el jazz, el rock y la música de la cual todos debemos estar orgullosos.
Fue la primera vez que Martín coincidió conmigo en lo que comimos, dos porciones de papas con cheddar, una milanesa napolitana con fritas y jarra de litro de Quilmes. Y también fue la primera vez que me quiso increpar con un beso si la milanesa estaba rica, eso sí que desearía olvidarlo.
Fue la primera vez que mi mejor amigo supo comprar y pagar lo justo, algo que hay que resaltar ya que, desde que tiene trabajo, nos quiso invitar un montón de cosas sin tupé de nada, y estoy agradecido por ello.
Fue la primera vez que pude mantener una conversación interesantísima con el sobrino del actor Fernán Miras sobre un dato que él desconocía sobra la película Tango Feroz, historia que escuchó por primera vez de mis labios, y no de su ascendencia actoral.
Fue la triste primera vez que vi a una mujer sentada sola, en frente de un maniquí vestido de esqueleto, tomando una cerveza Corona, con ojos llorosos y viceando en Facebook, disfrutando de la soledad, de una silla vacía y de un silencio que solamente ella sabrá interpretar. Fue la primera vez que me quedé con las ganas de ayudar a un extraño.
Fue la primera vez que encontramos un bar tan al límite de las expectativas difíciles que tenemos nosotros, Punto Límite en Lanús, cuatro estrellas y media de cinco. De tanta música agradable hicimos de nuestra estadía y del alcohol algo tan diferente.
Y, por cierto, esta es la primera vez que escribo en estado de ebriedad.
Dada la situación de que, por cuestión de respeto, pudor o vergüenza, nunca coincidimos tan felizmente en una salida, atrevo a mi capacidad radial para describir las sensaciones de dicha salida.
Fue la primera vez que presencie a mi novia en un pedo más alegre que aquel que supo disfrutar cuando salió a bailar con sus amigas, haciendo que los temas de Ricky Martin o Maluma parezcan covers al lado de la énfasis de ella al cantar.
Fue la primera vez que me junté con mis amigos (en más de 7 años de amistad) que nunca, en ningún momento, hablamos de fútbol. Somos privilegiados hinchas de Boca, Lanús, Independiente y Arsenal, fanáticos de la Champions League y totalmente adictos al fútbol. Ni el quilombo con el campeonato argentino, ni el sorteo de Cuartos de Final de la Champions, ni la Copa Libertadores, ni la increíble remontada del Barcelona ante el PSG, que todavía da que hablar, fueron centro de conversación en aquella mesa que terminó repleta de cerveza, papeles y envidia de todos aquellos que nos miraron bailar. Quizás fue por la presencia de una mujer en el grupo que supimos tener un poco de respeto, y en vez de hablar de fútbol, nos pusimos a contar chistes.
Fue la primera vez que me sentí tan cómodo con una mesera, rubia de ojos oscuros y una sonrisa complaciente que forzaba a sus atendidos a devolverle una sonrisa. Fue la primera vez que una mesera pudo cumplir con nuestras expectativas y que (y esto vale mucho) se sintió muy cómoda con nuestro trato y nuestra propina. Definitivamente me gustaría que nos atienda otra vez.
Fue también la primera vez que vi a uno de mis mejores amigos bailarse temas de cumbia, reggaeton, pop y salsa de tal manera que el conductor quiso sacarlo a bailar, cuando en realidad a él le gusta el tango, el jazz, el rock y la música de la cual todos debemos estar orgullosos.
Fue la primera vez que Martín coincidió conmigo en lo que comimos, dos porciones de papas con cheddar, una milanesa napolitana con fritas y jarra de litro de Quilmes. Y también fue la primera vez que me quiso increpar con un beso si la milanesa estaba rica, eso sí que desearía olvidarlo.
Fue la primera vez que mi mejor amigo supo comprar y pagar lo justo, algo que hay que resaltar ya que, desde que tiene trabajo, nos quiso invitar un montón de cosas sin tupé de nada, y estoy agradecido por ello.
Fue la primera vez que pude mantener una conversación interesantísima con el sobrino del actor Fernán Miras sobre un dato que él desconocía sobra la película Tango Feroz, historia que escuchó por primera vez de mis labios, y no de su ascendencia actoral.
Fue la triste primera vez que vi a una mujer sentada sola, en frente de un maniquí vestido de esqueleto, tomando una cerveza Corona, con ojos llorosos y viceando en Facebook, disfrutando de la soledad, de una silla vacía y de un silencio que solamente ella sabrá interpretar. Fue la primera vez que me quedé con las ganas de ayudar a un extraño.
Fue la primera vez que encontramos un bar tan al límite de las expectativas difíciles que tenemos nosotros, Punto Límite en Lanús, cuatro estrellas y media de cinco. De tanta música agradable hicimos de nuestra estadía y del alcohol algo tan diferente.
Y, por cierto, esta es la primera vez que escribo en estado de ebriedad.
lunes, 6 de febrero de 2017
El milagro de Houston
Una hora después de la yarda más larga recorrida por cualquier futbolista, puedo decir que soy testigo de un milagro.
Y digo milagro porque, como se le hizo costumbre al deporte, las cosas que uno no puede imaginarse que pasarían, no solo ocurren, sino que superan las expectativas de cualquier aficionado.
El Super Bowl en su edición número 51 (o "LI"), en Houston, Texas, dió lugar a un gran milagro en la historia de la NFL. Los veteranos y mejores del siglo XXI New England Patriots se enfrentaban a los Atlanta Falcons, los novatos que querían comerse el mundo por primera vez y demostrar por qué estaban donde estaban.
Los Patriots llegaban por séptima vez a un Super Bowl desde el año 2000 y querían hacer más grande su vigencia como el mejor equipo del momento y, ¿por qué no?, el mejor de la historia. Con un Tom Brady del cual se especulaba mucho y se esperaba poco, un Tom Brady que supo callar bocas y calmar las aguas demostrando su mejor versión.
Y los Falcons daban el presente por segunda vez en un Super Bowl desde su creación y lo hacían con creces. Su juego y ofensiva eran atemorizantes, de lo mejor que se vio en la temporada, comandados por su quarterback, Matt Ryan, quien supo ser MVP de la temporada y cuajar una final de conferencia maravillosa y aún un mejor desempeño en el Super Bowl.
Estaba todo dado para ser una gran final, pero nadie, insisto, nadie esperaba ver lo que estaban por ver al final de una larga espera.
El partido arranco con un dominio total por parte de los Falcons, Ryan estaba imparable y Devonta Freeman parecía tener cohetes en vez de piernas y Robert Alford que no quiso quedarse atrás. Fueron apabullantes, audaces, asesinos en serie mediante avanzaban las yardas. El marcador llegó a estar 28-3 a favor de los Falcons, provocando que los Patriots no hicieran pié en un mar de problemas en donde ni siquiera Brady lograba ganarse su flotador.
En algún momento perdido del tercer cuarto, llegó el primer touchdown para los Patriots a manos de James White, dando un poquito más de oxígeno a Tom Brady y su orquesta. Desde ahí, los minutos se hacían más cortos y la ansiedad más grande, el cuarto cuarto estaba en juego y de tantos intentos llegó el tan esperado pase magistral de Tom Brady para Amendola y crear más expectativas que esperanzas. Desde aquí, Tom Brady se volvió imparable.
El partido estaba 28-20 tras otra conversión de White, todavía a favor de Falcons.
Fue así que desde el minuto 2:22, el partido de los Patriots pasó de ser un partido de este planeta, a un partido de otra dimensión, inimaginable hasta para los propios jugadores. Avanzando yarda a yarda, un error de arbitraje hizo que los Patriots avanzasen cerca de la yarda 40, tras un pase no completado de Brady a Edelman. Los Falcons perdieron el partido apenas el árbitro decretó que el balón había sido válido.
Fue cuestión de tiempo para que, ya en la yarda 1, James White anotara otro touchdown para poner el partido 28-26 a favor de Falcons, y jugarse a la conversión de dos puntos para empatar el partido. Y así fue, tras una jugada muy polémica, que Amendola logró poner el partido 28-28.
El milagro estaba por concretarse. Por primera vez en la historia de la NFL un Super Bowl terminaba empatado en tiempo reglamentario y debía jugarse el tiempo extra. Hasta acá, ya era mágico. De estar en desventaja 28-3 a empatar el partido 28-28, dejando a los Falcons en ridículo y llevando el partido a muerte súbita por primera vez en la historia, ¿quieren más?
En la muerte súbita, el que anota un touchdown, es el campeón. No podría esperarse menos del equipo que regresó desde la tumba para amenazar de muerte a quienes parecían ser los campeones indiscutibles.
Así, un Tom Brady espectacular dirigió la última orquesta del partido con otro pase a James White que haría la carrera de su vida para llegar anotar otro touchdown en el minuto 11:04 y poner el partido 34-28 a favor de Patriots y automáticamente consagrarse campeones del Super Bowl LI.
A mi no me llamaba la atención el fútbol americano hasta mediados del año pasado, y no pude soltarlo hasta interiorizarme, aprender las reglas, su legado, las leyendas que pasaron por la NFL y los equipos que marcaron una época. Y es irónico que a poco menos de un año de interesarme en este deporte hermoso que se ganó mi respeto por ser un deporte que garantiza dejarte con el corazón en la garganta hasta último momento, siempre.
Sabía de Tom Brady, quien fue, qué hizo, qué ganó y como juega. Sabía de los Patriots, el mejor equipo en la historia. Pero no sabía que vería historia, ni mucho menos que vería un milagro, el milagro de Houston.
En este Super Bowl no solo se definiría al campeón de la NFL, o si los Falcons serían campeones por primera vez, o si los Patriots añadirían el quinto anillo a su franquicia, se definiría la perseverancia de un equipo que demostró por qué es el mejor de todos los tiempos. También se definiría si Tom Brady seguía siendo el mejor del planeta, pero por sobre todas estas cosas, se definiría si Tom Brady se ganaba la corona de ser el mejor jugador de fútbol americano de toda la historia. Y así fue.
Si antes se especulaba sobre esto, ahora Tom no deja dudas. Él es el mejor en su deporte, el mejor de todos los tiempos, único en su desempeño, un integrante de los pocos deportistas que se ganaron el derecho de ser el mejor en la historia de su deporte: Como Messi, Phelps, Bolt o Jordan.
Ahora Tom es una leyenda.
Y digo milagro porque, como se le hizo costumbre al deporte, las cosas que uno no puede imaginarse que pasarían, no solo ocurren, sino que superan las expectativas de cualquier aficionado.
El Super Bowl en su edición número 51 (o "LI"), en Houston, Texas, dió lugar a un gran milagro en la historia de la NFL. Los veteranos y mejores del siglo XXI New England Patriots se enfrentaban a los Atlanta Falcons, los novatos que querían comerse el mundo por primera vez y demostrar por qué estaban donde estaban.
Los Patriots llegaban por séptima vez a un Super Bowl desde el año 2000 y querían hacer más grande su vigencia como el mejor equipo del momento y, ¿por qué no?, el mejor de la historia. Con un Tom Brady del cual se especulaba mucho y se esperaba poco, un Tom Brady que supo callar bocas y calmar las aguas demostrando su mejor versión.
Y los Falcons daban el presente por segunda vez en un Super Bowl desde su creación y lo hacían con creces. Su juego y ofensiva eran atemorizantes, de lo mejor que se vio en la temporada, comandados por su quarterback, Matt Ryan, quien supo ser MVP de la temporada y cuajar una final de conferencia maravillosa y aún un mejor desempeño en el Super Bowl.
Estaba todo dado para ser una gran final, pero nadie, insisto, nadie esperaba ver lo que estaban por ver al final de una larga espera.
El partido arranco con un dominio total por parte de los Falcons, Ryan estaba imparable y Devonta Freeman parecía tener cohetes en vez de piernas y Robert Alford que no quiso quedarse atrás. Fueron apabullantes, audaces, asesinos en serie mediante avanzaban las yardas. El marcador llegó a estar 28-3 a favor de los Falcons, provocando que los Patriots no hicieran pié en un mar de problemas en donde ni siquiera Brady lograba ganarse su flotador.
En algún momento perdido del tercer cuarto, llegó el primer touchdown para los Patriots a manos de James White, dando un poquito más de oxígeno a Tom Brady y su orquesta. Desde ahí, los minutos se hacían más cortos y la ansiedad más grande, el cuarto cuarto estaba en juego y de tantos intentos llegó el tan esperado pase magistral de Tom Brady para Amendola y crear más expectativas que esperanzas. Desde aquí, Tom Brady se volvió imparable.
El partido estaba 28-20 tras otra conversión de White, todavía a favor de Falcons.
Fue así que desde el minuto 2:22, el partido de los Patriots pasó de ser un partido de este planeta, a un partido de otra dimensión, inimaginable hasta para los propios jugadores. Avanzando yarda a yarda, un error de arbitraje hizo que los Patriots avanzasen cerca de la yarda 40, tras un pase no completado de Brady a Edelman. Los Falcons perdieron el partido apenas el árbitro decretó que el balón había sido válido.
Fue cuestión de tiempo para que, ya en la yarda 1, James White anotara otro touchdown para poner el partido 28-26 a favor de Falcons, y jugarse a la conversión de dos puntos para empatar el partido. Y así fue, tras una jugada muy polémica, que Amendola logró poner el partido 28-28.
El milagro estaba por concretarse. Por primera vez en la historia de la NFL un Super Bowl terminaba empatado en tiempo reglamentario y debía jugarse el tiempo extra. Hasta acá, ya era mágico. De estar en desventaja 28-3 a empatar el partido 28-28, dejando a los Falcons en ridículo y llevando el partido a muerte súbita por primera vez en la historia, ¿quieren más?
En la muerte súbita, el que anota un touchdown, es el campeón. No podría esperarse menos del equipo que regresó desde la tumba para amenazar de muerte a quienes parecían ser los campeones indiscutibles.
Así, un Tom Brady espectacular dirigió la última orquesta del partido con otro pase a James White que haría la carrera de su vida para llegar anotar otro touchdown en el minuto 11:04 y poner el partido 34-28 a favor de Patriots y automáticamente consagrarse campeones del Super Bowl LI.
A mi no me llamaba la atención el fútbol americano hasta mediados del año pasado, y no pude soltarlo hasta interiorizarme, aprender las reglas, su legado, las leyendas que pasaron por la NFL y los equipos que marcaron una época. Y es irónico que a poco menos de un año de interesarme en este deporte hermoso que se ganó mi respeto por ser un deporte que garantiza dejarte con el corazón en la garganta hasta último momento, siempre.
Sabía de Tom Brady, quien fue, qué hizo, qué ganó y como juega. Sabía de los Patriots, el mejor equipo en la historia. Pero no sabía que vería historia, ni mucho menos que vería un milagro, el milagro de Houston.
En este Super Bowl no solo se definiría al campeón de la NFL, o si los Falcons serían campeones por primera vez, o si los Patriots añadirían el quinto anillo a su franquicia, se definiría la perseverancia de un equipo que demostró por qué es el mejor de todos los tiempos. También se definiría si Tom Brady seguía siendo el mejor del planeta, pero por sobre todas estas cosas, se definiría si Tom Brady se ganaba la corona de ser el mejor jugador de fútbol americano de toda la historia. Y así fue.
Si antes se especulaba sobre esto, ahora Tom no deja dudas. Él es el mejor en su deporte, el mejor de todos los tiempos, único en su desempeño, un integrante de los pocos deportistas que se ganaron el derecho de ser el mejor en la historia de su deporte: Como Messi, Phelps, Bolt o Jordan.
Ahora Tom es una leyenda.
| Fuente: www.mmqb.si.com |
domingo, 29 de enero de 2017
El ocaso de su Majestad
Cómo fanático del deporte en general y por tener en mi memoria grandes momentos o deportistas que marcaron una época en la que yo todavía no existía o no tenía la suficiente conciencia, le tengo mucho respeto a aquellos que vieron grandes cosas, hazañas que no se van a repetir y que, de repetirse, se presencia un milagro.
Qué se yo, pongamos unos ejemplos: Los tres Mundiales de Pelé, las siete Copas Libertadores de Independiente, el Mundial del 86' ganado por Diego y sólo Diego, Muhammad Alí dejando a Sonny Liston tirado en el ring, Fangio en la cima del mundo, Nadia Comaneci siendo perfecta e inigualable, John McEnroe, Jimmy Connors, Guillermo Vilas, Larry Bird, Magic Johnson, Michael Jordan, Johan Cruyff, Alfredo Di Stéfano y estoy hasta la madrugada si quiero...
Disculpen si narro como el culo, pero con 20 años y haber vivido o presenciado o sido testigo de varios hitos en la historia del deporte y sorprenderme para después ver lo que ví hoy a la mañana, me tiene loco.
Es cierto eso, viví y fui testigo de otro montón de deportistas que hicieron historia: Manu Ginóbili, las 5 temporadas de Michael Schumacher cómo el número 1, las 23 doradas olímpicas de Michael Phelps, Usain Bolt haciendo ver humo a todos los de atrás, LeBron James haciendo de Miami y Cleveland los mejores, Lionel Messi siendo único y acarreando un Mundial que perdió injustamente, etcétera.
Pero si me quedo con un momento, una rivalidad y un par de deportistas en el mundo que hicieron que al planeta le den escalofríos cada vez que se agarraban, son Roger Federer y Rafa Nadal debatiéndose títulos, sudor y pasión hace más de 13 años.
Protagonizaron el mejor partido y la mejor final de cualquier torneo de tenis jamás habido: la final de Wimbledon del 2008: cinco sets, casi cinco horas de partido, Nadal campeón después de dos años de ser segundo y un Federer que se dió cuenta que el único que lo podía bajar del trono era él. Así hubo un montón de enfrentamientos (35 hasta hoy, de hecho), de los cuales solamente les di pelota a las finales.
La última final entre estos dos monstruos fue en 2011, en Roland Garros. Nadal le ganó a un Federer que, se suponía, podría jugar la última final de Grand Slam de su carrera.
Pero los mejores de la historia siempre tienen algo más para dar, su momento no termina hasta que pasen los años y llegue alguien mejor. Y así llegó el Australian Open de este año.
En Australia y en el mundo nadie se pensó que estos dos se iban a enfrentar de nuevo en una final de Grand Slam, porque la edad juega malas pasadas, y si bien Rafa es bastante más joven, no es el Rafa del 2004 que supo ganar 9 Roland Garros o hacerle frente al Roger del momento en Wimbledon. Pero la historia da giros muy pronunciados antes de definirse, y estos dos tipos supieron apretar el freno y virar para no irse a la mierda.
Después de aquella final de Wimbledon en 2008, la del Australian Open 2017 es la mejor. No sólo por el nivel y la bestialidad que jugaron los dos, sino por lo inesperado que fue y por cómo supo hacer que el mundo deportivo ponga una sonrisa de oreja a oreja.
De vuelta, en cinco sets, Federer le ganó un partidazo a Nadal, con muchos errores de los dos y con mucha magia de los dos. Yo quería con ansias que gane Roger, porque si le queda kilometraje, le da para dos años más, y un tenista a los 35 o 37 años ya no es lo mismo. En cambio, Nadal tiene 30, y tiene para un cachito más.
Los banco a los dos, pero más a Federer, que me da el gusto y la tranquilidad de saber que de todas las personas amantes del deporte no han visto a alguien mejor que este tipo. Ni McEnroe, ni Connors, ni Borg, ni Vilas, ni Agassi, ni Lendl, ni Sampras, ni tampoco el mismísimo Rod Laver. Les saqué ventaja a muchas personas más grandes que yo, y a otras que vendrán, que no habrán visto nunca jugar a Federer.
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