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jueves, 25 de febrero de 2021

Mito cordobés

En el 2006, cuando tenía diez años y recién había terminado cuarto grado en un colegio del interior de Buenos Aires, mi familia decidió que la vida en las zonas rurales de la Provincia era una mierda, y nos mudamos de nuevo para Avellaneda, que no es mi ciudad natal pero es mi hogar. Solamente vivimos aquel año en el interior, hacía menos de un año que nos habíamos mudado y me parecía raro que volviéramos tan pronto a la ciudad.

Con el tiempo llegué a entender el porqué de la odisea, pero era el segundo año consecutivo que me tenía que despedir de los amigos que había hecho y eso me rompía las pelotas, más sabiendo que había sido un año del orto, no tanto por la mudanza o por lo que me costó aprobar todas materias, sino porque Messi había ganado la Champions con el Barcelona de Ronaldinho y quería caprichosamente que también salga Campeón del Mundo con Argentina, pero perdimos contra Alemania por penales en Cuartos, y Messi no jugó ni un minuto de ese partido.

Mi vieja se dio cuenta de lo amargado que estaba y, para alejarme del quilombo de la mudanza, le pidió a mis abuelos que me llevaran con ellos a sus vacaciones en Córdoba. Medio de mala gana, aceptaron. Me llevaron a un hotel donde abundaban familias recién formadas, nenes de teta, jubilados, parejas lesbianas que decían ser mejores amigas para evitar la homofobia, plagas de saltamontes, agua turbia y el plantel de reserva de Talleres. Todo me llamaba la atención con facilidad, porque era la primera vez que salía de Buenos Aires y, para un pibe de familia conservadora, eso ya era mucho, pero más me inquietaban dos cosas: que los cordobeses hablaran estirando las vocales, diciendo "culiao" a cada rato; y que al lado de cada Coca-Cola siempre haya una botella de Fernet acompañándola.

No le di muchas vueltas al asunto y acepté esos factores comunes del ciudadano promedio cordobés que mezcla dos bebidas muy diferentes entre sí y que, para referirse a alguien, le recuerdan que tiene el culo roto.

Pasaron muchos años y recién a los diecisiete probé el Fernet por primera vez. Solo. Sin Coca. Porque me habían hecho una joda diciéndome que se tomaba puro y me la creí. Pero cuando cumplí diecinueve, y mi primera relación estable terminó, empecé una vida nocturna y borracha porque era medio estúpido y pensaba que así se curaba más rápido la herida del primer amor fallido, pero ya sabía que el Fernet se tomaba con Coca y que era rico pero peligroso, porque la gaseosa disimulaba la graduación alcohólica del Fernet y te ponía en pedo paulatinamente sin que te dieras cuenta.

Experimenté todas las facetas de la ingesta del Fernet Branca, me jactaba de ser un buen alquimista de semejante cóctel, y con razón, porque siempre me salía muy rico. Pero a pesar de disfrutar varias noches tomándolo y preparándolo como un crack, había algo que todavía no me cerraba sobre la bebida: el porqué.

De vez en cuando me preguntaba de dónde había salido la brillante idea de cruzar una bebida alcohólica amarga como un hincha de Gimnasia, con una bebida más bien dulce, gasificada y envasada en plástico. ¿Quién habrá sido el lúcido responsable de prepararlo? ¿Bajo qué circunstancia? ¿Cuál habrá sido la primer onomatopeya que alguien soltó después de dar primer sorbo? ¿Por qué?

Como si fuese por arte de la ley de atracción, una noche de mis veintiún años me junté a tomar algo con amigos y conocidos de una novia de aquel momento, pero entre los invitados resaltaba uno; un cordobés.

Lo pude distinguir al toque por como hablaba, porque eso los distingue muy fácil de entre otros argentinos. Estaba sentado, hablando con otra chica, fumando un cigarrillo y tomando Fernet con Coca en una botella de plástico cortada al medio, con mucho hielo y un poco de espuma.

Eventualmente nos sentamos cerca de él, hablamos de varias cosas poco interesantes hasta que me pasó la botella cortada para que tome, y le dije que estaba riquísimo.

Es que soy cordobés—, me dijo.

Creí entender lo que me estaba queriendo decir, pero igual le pedí que me explique.

El Fernet es cordobés.

Tenía sentido, porque recordaba que en Córdoba todo el mundo tomaba Fernet, a la luz del día o caída la noche. Entonces vi la oportunidad perfecta: un cordobés al lado mío, con un Fernet riquísimo, apropiándose del origen del Fernet, con una sonrisa y notable alegría al decirlo... tenía que preguntarle el porqué del Fernet, porque yo sabía que él lo sabía.

Pero... ¿por qué es cordobés?—, le pregunté.
Porque el primer Fernet con Coca se preparó allá— me dijo.
¿Y cómo sabes eso?.

El cordobés hizo un gesto con las cejas hacia arriba mientras se acomodaba en su silla, como si se preparase para decir algo importante, y empezó a recitar.

Según el, en Córdoba se manejan diferentes hipótesis sobre «el primer Fernet», porque en realidad ni ellos saben quien fue su inventor o cuando fue inventado, lo único que saben es que fue en Córdoba y punto. Pero la más famosa databa los años setenta: 

La teoría era que el cóctel había nacido en las canchas del fútbol cordobés, cuando los jugadores terminaban un partido y se refrescaban en bares aledaños con Vermut, vino de damajuana con soda o diferentes gaseosas. En algún momento, todo el alcohol de un bar se acabó, al dueño del bar le quedó únicamente una botella de Fernet Vittone y la distribuyó en partes iguales en vasos con Coca-Cola, para que alcance para todos.

El cordobés decía que esa teoría era buena, que el tinte "accidental" le daba folklore al asunto y que hasta sería capaz de creérsela al pie de la letra, de no ser por otra historia que conocía de primera mano.

Él tenía un amigo de la infancia, Tadeo, de Cosquín y de una familia que nunca fue pobre pero que tampoco gozó de lujos, tenía a su abuelo al que llamaban «Don Cáceres»siendo él el protagonista de la historia que estaba a punto de contarme.

A sus dieciocho años, en 1945, Don Cáceres trabajaba en una fábrica industrial de calzado en Córdoba Capital con sus dos hermanos y un amigo. Todos los días salía de trabajar y se juntaba con ellos a tomar Coca-Cola cerca de la primer planta de la marca en el país. Pero un día, uno de los hermanos de Don Cáceres contó que un compañero de él haría su despedida de soltero en su casa, en Villa Carlos Paz, que si querían ir serían bien recibidos. Todos aceptaron y, como no querían caer con las manos vacías, pusieron unos pesos entre los cuatro y compraron varias botellas de Coca-Cola para llevarlas en la camioneta.

Cuando llegaron al centro, su compañero de trabajo, que los esperaba, se quiso morir de la vergüenza, porque a su despedida de soltero asistirían invitados muy pudientes y pulcros, pero Don Cáceres y su junta, que estaban todos sudados y zaparrastrosos, le pidieron calma y disimularon lo desprolijo metiéndose camisa adentro del pantalón. Pero cuando entraron a la casa, todo el mundo estaba vestido con saco y corbata y, para colmo, estaban los Ulloa de Celman. Los dueños de la fábrica donde trabajaban.

Sorpresivamente para todos, la cena salió muy bien. Los Ulloa de Celman nunca se enteraron que los desarreglados eran empleados suyos, el anfitrión de la despedida de soltero estaba más tranquilo y, con el tiempo, todos los invitados empezaron a pasarse de copas, se terminaron todo el vino y solo quedaban las botellas de Coca-Cola que Don Cáceres y sus compañeros habían traído.

Los demás invitados empezaron a reírse y burlarse:

—¡Pero con esto no mareamos ni a Perón, muchachos!.

Casi todos se levantaron y se fueron a un rincón del patio a fumar, en la mesa nomás se quedaron Don Cáceres y su gente, el anfitrión de la casa y el menor de los Ulloa de Celman, que hablaba con ellos.

Don Cáceres empezó a sentirse incómodo, porque se había esforzado para comprar esas botellas de Coca-Cola, y ahora nadie se las quería tomar. Pero el menor de los Ulloa de Celman, Vicente, se disculpó por sus hermanos altaneros, les pidió que no se enojen y que, si querían, compartía unas botellas con ellos.

Abrieron cinco botellas, cada uno con la suya. Al principio nadie decía nada, pero el sabor dulce de la Coca-Cola les arruinaba el paladar amargo degustado con vino tinto. Así que Vicente, inesperadamente bondadoso, dijo:

—Ya sé, vos 'perate acá.

Los que quedaron en la mesa se miraron sin entender mucho y voltearon hacia Vicente, que traía en las manos una botella de Fernet Branca. Don Cáceres, confundido, le preguntó:

—¿Y eso que es, Vicente?—, preguntó Don Cáceres confundido.

Vicente tampoco estaba seguro de que una bebida digestiva como el Fernet Branca pudiera asimilar el sabor amargo del vino tinto, pero pensó que era la solución más rápida.

Como las copas de vino estaban usadas y las Coca-Cola se tomaban del pico, Vicente vació un jarrón de agua que estaba sobre la mesa, sirvió un poco de Fernet Branca y, arriba, vertió el contenido de todas las botellas de gaseosa que estaban ahí. Todos tomaron del jarrón, no se sirvieron en un vaso o en una copa.

Un grupo de trabajadores humildes y uno de los dueños de la fábrica donde trabajaban, estaban compartiendo un jarrón con dos bebidas completamente diferentes una de la otra, sin ningún tapujo, ninguna vergüenza clasista ni pudor de nada. Entre los seis, vaciaron el jarrón en no más de quince minutos.

Al rato, los demás que se habían ido a fumar, volvieron a la mesa y vieron al grupete de seis flacos, sentados, mirando el jarrón vacío, callados.

Les preguntaron si estaban bien, si les pasaba algo, pero ninguno dijo nada.

Cuando ya estaba por amanecer, varios invitados se empezaron a ir, los demás hermanos Ulloa de Celman se fueron, dejando a Vicente con Don Cáceres y su gente. Pero hasta el amigo de Don Cáceres, que manejaba la camioneta, le dijo a él y a sus hermanos que ya era tarde, que se tenían que ir. Don Cáceres les dijo a todos que vayan tranquilos, que mañana volvía caminando.

El anfitrión de la despedida de soltero, por su parte, se había quedado dormido sentado, en una de las sillas de adentro. De manera que los únicos que quedaron despiertos, fueron Don Cáceres y Vicente.

Éste último, aprovechando la situación, le preguntó a Don Cáceres:

—A vos te quedó otra botella, ¿no?.

 Don Cáceres, que seguía mirando el jarrón, levantó la mirada y le retrucó:

—Sí, ¿vos escondiste el Fernet abajo de la mesa?.

Vicente asintió.

Don Cáceres se escabulló en silencio hasta la heladera, intentando no despertar al anfitrión, para agarrar la última botella de Coca-Cola. Mientras, Vicente hacía lo propio llevándose el jarrón de vidrio a un rincón del patio.

Con los primeros rayos del sol, se sentaron en el pasto, Vicente sirvió un poco de Fernet, Don Cáceres vació la botella entera de Coca-Cola y empezaron a tomar sin cruzar palabra alguna.

De repente, Vicente pregunta:

—A vos te dicen Don Cáceres, pero... ¿Cómo te llamás?.

 Don Cáceres lo mira, y le responde:

—Fernando.

martes, 26 de enero de 2021

Mate frío

Cuando era chico tenía el inocente placer de quedarme escuchando a la gente contar cosas. Pero no cualquier cosa y no a cualquier gente, sino a los que tenían anécdotas atrapantes y eran hábiles para contarlas, de forma original y con la proporción justa de altanería, ni muy humilde ni muy engreído.

En Argentina esa gente es difícil de encontrar, porque los argentinos somos de creernos mucho cuando algo nos sale bien, de exagerar las cualidades de algo que hacemos o hicimos, de entrar en detalle sobre las cosas nuevas que nos compramos o de hablar de más cuando le contamos a un amigo o amiga lo que hicimos el sábado con la persona que nos gusta. Pero más difícil de encontrar es en Buenos Aires, aún en su interior, en la zona rural.

Allá todos son un tanto más simples, quizás no exageran las cualidades de lo que tienen o de lo que son, porque mayormente suelen ser gente bien acomodada que se relaciona con gente que también está bien acomodada, y entre paisanos es de pelotudo presumir una estancia cuando tu vecino tiene otra del mismo perímetro. Pero lo que sí mantienen en regla, haciendo honor al caprichito argentino, es el exagerar lo que a uno le sale bien, sea intencionalmente o de pedo, si querer.

El primer y mejor ejemplo cercano que tuve de alguien así, fue Claudio Monteverde, un camionero que trabajaba para Y. P. F. y que todo el año manejaba desde el Sur hasta diferentes puntos de Buenos Aires para distribuir nafta.

A Claudio lo conocí un día que acompañé a mi viejo a vender mercadería en el interior. Algunos de sus compañeros organizaron un asado en casa de alguien y cayó Claudio con su mujer. Los dos eran bien altaneros, bien hablados, increíblemente altos, morochos, narigones y demasiado feos, como los argentinos de bien. Pero lo que más resaltaba en Claudio no era algo de su físico o de su manera de ser, sino una peculiaridad que trascendía al facor común de los argentinos materos y que, entonces, fue la primera vez que lo vi y me pareció muy extraño: Claudio jamás, por nada del mundo, ni para cortar la carne del asado, ni para cortar el pan, ni para esconderse de los cuatro jinetes del apocalipsis, soltaba el termo de Acassuso que llevaba constantemente debajo del hombro.

Claudio, obvio, era hincha de Acassuso, pero si había algo que quería más que a su club o a su mujer, era su mate. Su termo y su mate, mejor dicho. No había motivo alguno que convenciera a Claudio de dejar el termo apoyado en la mesa, o de dejarlo en el camión o siquiera de colocarlo entre las piernas para que no le moleste al comer. El gordo se comía dos bocados de vacío y se cebaba un mate, pinchaba diez papafritas con el tenedor y se cebaba un mate, le daba un mordizco al choripan y se cebaba un mate, la esposa le pegaba en la nuca para que coma más despacio y Claudio, como si nada, se cebaba otro mate.

Pero lo más increíble, porque de verdad fue increíble, vino cuando el asado se acabó, todos nos llenamos y nos olvidamos de comprar flan para el postre, de manera que para saciar un poco las ganas de bajar el asado y de combatir los dos grados de temperatura que hacían, Claudio nos ofreció cebarnos mate.

Contento de la vida, Claudio puso una pava muy grande en la hornalla, fue a su camión a buscar la yerba Rosamonte que tenía detrás del asiento, llenó su porongo camionero mientras volvía a la casa, abrió su termo Stanley para llenarlo de agua y la ceremonia del mate estaba lista para comenzar con todos expectantes.

El primer mate fue para él, por supuesto, el segundo fue para su mujer, el tercero para el que estaba a su lado y así hasta que le cebó una ronda a todos mientras se hablaba de política, del precio de la nafta, de Susana Giménez o de si pensaban que River tenía posibilidades reales de ganar el Clausura. Pero entonces un compañero de mi viejo, un tal Cacho, alzó la voz entre todos los que charlaban para decirle a Claudio:
—"Che negro, te pasaste con los mates eh".

 Todos, al mismo tiempo, empezaron a decir que sí con la cabeza o soltaron un "See", para darle la razón a Cacho, quien tuvo la astucia de ser el primero en halagar los mates de Claudio y, sin saberlo, de iniciar lo que sería el tutorial más divertido de mi vida.

Claudio estaba contento, le habían dicho que le gustaron los mates, pero no solamente porque eran sus mates los que estaban ricos, sino porque Claudio era argentino, y un elogio para un argentino es un motivo para sentirse poronga. Claudio empezó a hacer caras, como si de satisfacción y euforia se tratasen, no sé que le habrá pintado para ir de un extremo al otro en la regla de los tipos de éxtasis que un argentino puede sufrir cuando toma mate, pero después de agrandarse, se sentó y tiró un "Gracias muchachos", frunciendo los labios hacia abajo como si ya supiera que sus mates eran halagables.

Pero al parecer, a Cacho no le alcanzó con decirle a Claudio que sus mates estaban muy pero muy ricos, sino que insistió y le preguntó:

—"¿Pero cómo hacé', boludo? Somo' catorce sentados acá, nos ha' cebado a todos y el coso ete' sigue como el primero...".

Claro, todos en Argentina sabemos que después de tantas cebadas el mate se lava, los palos de la yerba empiezan a flotar, y todo pasa de saber rico a saber a Riachuelo. Pero los de Claudio no, los de Claudio aguataron dos rondas con el mismo mate, sin cambiarle la yerba ni una sola vez y habiendo calentado dos pavas en la hornalla.

Entonces, Claudio, medio desganado por tener que revelar sus secretos materos a sus compatriotas paisanos ignorantes de la elaboración apropiada de un mate decentemente argentino y campiño, acercó la silla a la mesa, acomodó el culo, apoyó una mano en la madera y dijo:

       —"Yo nomás hago así, cuchá'...".

Todos prestamos atención a la manera en la que Claudio Monteverde preparaba sus mates mientras la mujer lo miraba con una sonrisa que por poco y le explotaba los pómulos. Abarcó todos los factores, el tipo de termo, los tipos de mate, los tipos de yerba, como colocar la bombilla, qué hacer con la bombilla una vez que ha sido insertada en la yerba dentro del mate, donde cebar el agua según el tipo de yerba que se esté usando, a qué temperatura debe estar el agua y cómo darse cuenta de cuando apagar la hornalla, hacia donde se ceba la primera ronda de mate y por qué es siempre a la izquierda y no a la derecha, cómo sacar la bombilla del mate cuando la yerba ya no tiene sabor y cómo colocarla del lado donde la yerba todavía aún no se ha mojado, cómo vaciar el mate sin dañar la madera de adentro y cómo saborearlo sin quemarse el paladar para los principiantes.

En ese momento me di cuenta que Claudio, además de ser un argentino feo, canchero y altanero, también era un apasionado. O mejor aún, un profesional. Un profesional del mate. El tipo podía trabajar para Y. P. F., pero su vocación no estaba en el volante del camión, o en llevar dinero a su familia para vivir cómodamente, ni en ver los partidos de Acassuso apoyado en una pared de la estación de servicio mientras espera que se le llene el tanque, sino que estaba en la extensión de sí mismo, su mate.

Todos estábamos más calentitos por los mates de Claudio, y yo personalmente estaba medio atontado por la increíble historia de amor humano-mate que me había contado. Pero por última vez, Cacho volvió a preguntar:

—"Pero cuchame, ¿nunca se te enfrían?"

Todos giramos la mirada hacia Claudio, quien frunció el seño y dijo:

       "No, jamás se me ha enfriao' un mate", con firmeza.

Entonces, el trapito del estacionamiento ingresa súbitamente al quincho de la casa donde estábamos y dice:

       "Patrón, había cinco camione' afuera, falta uno".

Inquietos, dejamos todo sobre la mesa y salimos a ver qué camión faltaba porque, obviamente, nos habíamos preocupado, y vimos que el camión que no estaba era el de Claudio, el último estacionado en la fila a un costado de la ruta. Todos pensábamos que quizás Claudio se había olvidado la puerta abierta cuando fue a buscar la yerba y que alguien aprovechó, cortó los cables y se afanó el camión cargado de combustible, otros pensaron ingenuamente que quizás Claudio lo había movido de lugar cuando fue a buscar la yerba o que, directamente, ya no se acordaba donde lo había estacionado.

Pero no, estuvimos unos cinco o seis minutos fugaces afuera, tratando de adivinar milagrosamente donde carajo podía estar el camión de dos toneladas cargado de litros y litros de combustible de Claudio.

Él, a todo esto, estaba estático, no emitía palabra. Sus neuronas trataban de conectarse después de varios años inactivas para tratar de descifrar qué dato se les estaba escapando a ver si podían hacerle recordar a Claudio qué había hecho la última vez que se subió al camión a buscar la yerba.

Y como un flash dramático, los ojos de Claudio se tornaron saltones, su semblante de duda pasó a ser de sorpresa y su boca se abrió como si hubiese visto a Maradona en persona. En un segundo, Claudio se acordó de lo que hizo cuando fue a buscar la yerba al camión, porque no había sido tan simple como el vagamente lo recordaba. Al estirarse para agarrar la yerba detrás del asiento, Claudio apoyó su brazo arriba de la palanca del freno de mano, que no estaba subida a tope, y se fue panchito con la yerba dejando el camión a la intemperie, a la suerte del destino y a la voluntad del Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Todo ese acontecimiento le llegó a Claudio en un flash, pero un segundo después de haber recordado su travesía, se escucha una explosión gigantesca al fondo de la autopista.

El camión de Claudio, a su suerte, rodando marcha atrás sobre la ruta, se había chocado con otro camión que transportaba gas, que no vio venir el camión en reversa y se lo llevó puesto.

La explosión fue tal que me causó un susto terrible, no por el ruido sino por la escena que eso significaba, todos los que estaban con nosotros fueron corriendo hacia el lugar del accidente para ver si alguien seguía con vida, con Claudio entre ellos. Mi viejo también fue, pero me dijo que vuelva al quincho y lo espere, que ahí iba a estar más seguro.

Cuando volví al quincho me quedé diez o quince minutos mirando un punto fijo del susto que tenía, pero cuando un viento helado me sopló en la cara, me acerqué a la hornalla, todavía encendida, para calentarme un poco. Estando ahí arrimado vi que, sobre la mesa, estaban las cosas que todos habían dejado cuando se fueron corriendo para afuera, entre ellas el termo y el mate de Claudio cebado con agua. Pensé que podía tomarlo, para entrar más en calor.

Me acerqué, y tomé un sorbo del mate que Claudio había dejado. Frío.

martes, 22 de septiembre de 2020

Díganle

Díganle que no estoy, que me fui
si me equivoqué y no he aprendido,
y aunque se haya ido ella primero,
díganle que no estoy, que me despedí

Que muchas gracias y que así jamás,
que el destino es esto y será aquello,
es su razón que merecía más,
que aún la lloro, por lo feo, por lo bello

Que no es cuestión de quien perdió,
es casi como esperar al semáforo,
me mandé y crucé la Cerrito en rojo,
me pasaron dos por encima ¿y ahora qué hago?

Díganle que lo sé, que han pasado cosas,
de contradecir lo que íbamos proyectando,
que tengo claveles, no tulipanes ni rosas,
díganle que acá estoy, que la estoy esperando.

viernes, 10 de abril de 2020

Un todo de poco

Tuve que volver acá, no sé bien por qué.

Pensé que estaría peor a esta altura del año, pensé que me seguiría acordando de vos con la misma intensidad que el año pasado.

Tengo una mezcla de sentimientos que no sé como equilibrar.

Te adoro, creo que seguís siendo una de las mejores personas que conocí en mi vida y que probablemente por eso te hayas ganado por unanimidad que te considere como la mejor química que pude o pueda llegar a tener, pero te tengo un odio tan grande, tan intenso que no me cabe en el corazón.

¿Por qué siento odio aún así sabiendo que no me cabe? Porque aunque me generes rechazo, el lugar que decidí guardarte para cuando decidas volver, elegí no llenarlo de odio, sino dejarlo vacío, en respeto y por amor a los mejores días. Por eso el odio que te tengo es siempre hacia afuera.

No puedo creer que hayas sido tan desconsiderada, tan ciega, tan ingenua. Tenías en frente tuyo a un flaco que se rompió y se construyó solo de nuevo, con todas las seguridades del mundo de nunca volver a romperse, porque se reconstruyó uniendo las partes rotas con nada más que cariño. Capaz supe reconstruirme yo, pero vos no supiste sanar. Y seguís sin sanar.

A pesar de eso, nos seguimos hablando, me acuerdo que me enviaste un video de tu hermana diciendo "Alberto Fernández" y compartimos la última mejor buena onda. Pero mientras tanto, vos estabas de acá para allá con alguien de quien no querías engancharte porque no te quería y estaba con 25 por semana.

Y vos te enojaste conmigo porque, para ese entonces, yo seguía teniendo sentimientos por vos, y los expresé completos porque era obvio que eso me iba a destrozar (felicidades, lograste tu cometido).

Tengo ciertos fundamentos de que quisiste devolverme todo lo que te hice, después tuviste la osadía de pensar que yo te deseaba algún que otro mal ¿Cómo te da la cara?

Sin embargo, a pesar de equivocarte y seguir equivocándote hasta hoy día, me alegra que hayas seguido el último consejo que te dí y te hayas permitido sentir otra vez. Aunque bueno, volviste a tu tan afamada rutina de salir con feos.

Retrocediste. Hoy salís con una persona con la cual vos ya sabes como van a terminar las cosas. Le regalas palabras baratas y a mí me regalas frases de resentimiento en Twitter, y es obvio qué es lo que te pesa más.

De todas maneras es tu vida, es importante que siendo tan grande te des cuenta sola de las cosas, solo espero que el dolor que te genere cuando esta aventurita concluya, no te separe de tus responsabilidades ni te aleje del origen de los sentimientos que hoy tenés que, por cierto, vos sabés muy bien de donde vienen y por qué los estás canalizando así hoy.

Solo espero que cuando llegue nuestro reencuentro entiendas que nada va a volver a ser como antes, que será increíblemente más difícil para vos, muchísimo más de lo que será para mí. Digo, porque esas desventuras de gimnasio y sushi, o costa y porro, o bien cualquier cosa que hayas adquirido para distraerte en lugar de sanar, no volverán a acercarse a tu vida. Te espera algo más noble, algo más sano, más sincero, más puro.

Te espera algo más.

Además, te va a faltar muchisima fuerza para dar el voto de fe que me querrás dar.

Por el momento, ahí donde estás, en ese lugar lejano donde elegiste estar, estas bien. Quedate ahí. Feliz cumpleaños.

Ahora sí voy a poder dormir mejor.

P.D.: ¿Escorpiano? ¿Vos no aprendiste un carajo, no?