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sábado, 30 de abril de 2022

Antología de cómo endulzar a Choferes de Transporte - La mentira canalla

Cuando se trata de fútbol, a veces es mucho más fácil.

Todo el mundo sabe que en Argentina se vive alrededor de tres cosas: las quejas por los políticos, el fútbol y los descansos del fin de semana. A mi me tocó, increíblemente, todo junto.

Era el viernes seis de Noviembre del dos mil quince, me acuerdo muy bien porque todo el país vivía en una burbuja insoportable de indignación e incertidumbre por dos cuestiones: primero, porque por primera vez en la historia argentina se había llegado un balotaje en las votaciones presidenciales, la mitad del país quería que se vayan los kirchneristas y la otra se cagaba en las patas si ganaba Macri, ya sea por las campañas o por los noticieros, no se hablaba de otra cosa; y segundo, si se hablaba de otra cosa, era del robo histórico que le habían propiciado a Rosario Central hacía dos días, cuando perdió contra Boca por culpa del árbitro Diego Ceballos.

Además, aquel viernes a la mañana, el tránsito estaba colapsado por los viajes del fin de semana y yo me estaba yendo a la casa de una ex novia porque nos íbamos a pasear al Tigre al día siguiente. ¿Dónde más podía estar yo que no sea arriba de un remís?

En contexto, si bien siempre fui hincha de Boca, no me daba la cara para negar o desatender las injusticias por las cuales se veía notablemente favorecido. Obviamente, hasta hoy, cuando se trata de equipos grandes o que tienen un movimiento de capitales importante en el fútbol argentino, siempre se inclinan la cancha y la balanza, y Boca no era el único, pero sí era, para aquel entonces, a quien más descaradamente querían favorecer.

En este caso, no recuerdo ningún detalle físico del chofer, ni manifestación de algún carácter en particular, simplemente quise leerle la cabeza, de nuevo, a un alma en desdén porque estaba aburrido y los dos datos más relevantes que saqué fueron; era comunista e hincha de Independiente.

Automáticamente supe que, de entre tantos temas tan preponderantes para el momento, de política no podría hablar, porque los comunistas de política no saben nada y es más factible que sepan más de teatro, sin embargo, yo de teatro no sé nada, yo sé de fútbol.

—Claro, supongo que en tu caso ya sabés a quien votar—, le dije.

—Nah, qué se yo—, dijo. Já.

Podría haberme reído pero no tenía ganas de alimentar una semilla latente de discusión política, además ya tenía suficiente siendo comunista e hincha de Independiente, contra el cual yo no tengo nada, pero tampoco venía bien, porque estaba ascendido hace casi dos años y saltaba de técnico en técnico para hacer pie en la Primera División.

—Estoy cansado de que nos quieran cagar, hasta en la B nos tiraban mierda y desde el club no saben qué carajo hacer—, me decía, y tenía razón.

Como dije, yo siempre fui de Boca, mas el deseo de complementarme con su desdicha hizo que desde lo más profundo de mi corazón futbolero le diga:

—Y sí, yo también se lo que se siente...

Me preguntó de qué cuadro era, y de nuevo, no lo contuve:

—Yo soy de Central.

—¡Uy cómo los cagaron a ustedes!—, me dijo eufórico.

Volví a comprobar, entonces, que los hombres faltos de empatía son hombres sin compañía en sus pensamientos. Digo hombres, porque por años se les vendió el verso inútil de la fortaleza y la prosperidad , que desatender sus impresiones sobre el mundo superponiendo la responsabilidad por sobre todas las cosas estaba bien, cuando en realidad logró nada más que incontables generaciones de hombres toscos, crueles o sin expresión de sus sentimientos. Este pobre remisero, probablemente no era la excepción.

Quiero decir, de la misma manera que el hombre moderno no tenga la culpa de haber sido criado históricamente bajo esos dogmas de represión, sin nombrar que tampoco es culpable de que algo tan fantástico como el fútbol llegara a la humanidad convirtiéndose en lo más pasional del planeta ¿por qué sí tendría la culpa de, encima, haber nacido hincha de equipos como Independiente, de Central o de Boca?

No es justo. Mi empatía, aunque con un desenlace falso, seguía siendo justificada.

El remisero siguió contándome cosas sobre Independiente, de Bochini, de las Copas Libertadores, de Usuriaga, de las gambetas del Kun y de los bailes a Racing. Yo lo escuchaba. Asentía. De vez en cuando me giraba la cabeza, hacía énfasis en una anécdota, le sonreía y seguía escuchando. Rosario Central no tenía nada que ver en la historia con Independiente pero, por algún motivo, tiraba comentarios como «¿Ustedes? Ustedes son los más grandes de Rosario», «Coudet es tremendo», «Si el fútbol fuese justo ustedes serían campeones de América».

Para el final del viaje, el semblante del remisero había cambiado completamente y nos despedimos deseándonos buena suerte para el próximo campeonato.

Es hasta el día de hoy que sigo pensando ¿qué pasará cuando todos los hinchas del fútbol argentino seamos igual de empáticos con el otro de manera desinteresada?

jueves, 31 de marzo de 2022

Antología de cómo endulzar a Choferes de Transporte - Prólogo

Cuando tenía quince o dieciséis años y todavía cursaba la secundaria, mi casi divorciada vieja decidió contratar los servicios de una remisería cerca de casa para que todos los días, de lunes a viernes a las siete de la mañana, un chofer me llevara al colegio sano y salvo. Lo único que tenía que hacer era despertarme, cambiarme, sentar el orto en el auto y avisarle por SMS que había llegado bien. O al menos esa era la premisa.

Por un par de días, no hice más que viajar con los ojos cerrados, confiando ciegamente en el chofer con cédula verde de dudosa procedencia y despedirme educadamente de él, previniendo un posible secuestro en un próximo viaje. Pero un día me di cuenta de algo.

Una mañana llegó un chofer diferente, probablemente recién contratado, con pinta de liberal anarco-capitalista, pelado y petiso. De todos los que me habían tocado, él era el que mejor manejaba, y no lo digo porque manejaba despacio o porque agarraba bien las curvas, sino porque manejaba con una sola mano mientras movía la otra, suave y sentidamente, al ritmo de Mozart y Debussy.

Automáticamente me sonaron un par de alarmas, no por el peligro inminente de manejar con una sola mano, sino más bien porque escuchaba a Mozart y a Debussy a las siete de la mañana tan apasionadamente que reunía varios requisitos para ser un loco. Y además, era pelado.

En vez de asustarme y de criticarlo internamente, me puse a pensar: los choferes no son felices.

Uno lo pasa por alto, pero el alma del chofer (sea de un remís, de un taxi, de un colectivo, etcétera) es un alma maltratada. Se piensa colectivamente que al trabajar sentado sin hacer nada más que mover un volante y apretar pedales es un trabajo simple y sencillo, pero los choferes son una especie que, si quisiese, se extinguiría a sí misma. Todos los días tienen que lidiar con los caracteres particulares de la gente que, mayormente, suele estar de mal humor, con la rutina repetitiva de salir a la calle a cambio de guita y de quemarse la cabeza por demandarse atención al volante. Es cierto, hay mucho puerco y grosero dando vuelta, pero me refiero a aquellos que son distinguiblemente buena gente. Además, no es un insulto decir que son carentes de felicidad, porque es un axioma reiterativo y sincrónico, insulto sería no hacer nada al respecto, sin dedicarles, al menos, un poco de atención.

Entonces, lo descubrí. Poco me costaba dedicar esa atención, fingida pero sin malas intenciones, y mucho les serviría a los choferes, necesitados de un oído o de alguna conversación sincera.

—Qué piola la música clásica ¿no?—, pregunté.

Y recibí la primera mirada de aprobación de un alma en pena al volante, desencadenando lo que sería el mejor de todos mis hobbies.

lunes, 28 de febrero de 2022

El primer «Guerrero Jaguar»

Alrededor del año 1.044, en algún lugar árido de lo que hoy es el sureste de México, varias familias de aztecas nómadas caminaban, sin rumbo alguno y con nada más que sus herramientas y sus recién nacidos en brazos, por las costas de un río tranquilo con esperanzas de encontrar un terreno fértil para la cosecha.

Durante años, los aztecas vagaron de lar en lar en búsqueda de la prosperidad, sobreviviendo ataques de tribus hermanas que robaban sus bienes, mutilaban a sus hombres y violaban a sus mujeres por diversión. Soportaban las peores sequías, los climas más animosos y lidiaban constantemente con la desatención y el autoritarismo de algunos de sus propios líderes, quienes debían ser responsables del cuidado y protección de los grupos familiares que, con cada noche que pasaba, más aumentaba su desconsuelo.

Entre ellos se encontraba Ocelkonetl, un niño huérfano adoptado por el anciano mas longevo del grupo.

Los padres de Ocel fueron asesinados por sicarios totonacos tras ser encontrados huyendo de uno de los tantos asaltos y quemas de sus asentamientos. Fueron atados y degollados cruelmente, pero cuando estaban a punto de asesinar a Ocel, un jaguar saltó sobre los sicarios, quitándoles la vida, y a su vez, salvando a Ocel, quien apenas tenía días de vida.

El anciano, que huía despavorido, se topó con el felino sentado entre las sombras de los árboles, custodiando pacíficamente el cuerpo de un niño en lágrimas. Al retirarse el animal, el anciano recogió al bebé en brazos y, desde entonces, tomó cuidados por él, bautizándolo bajo su nombre.

Tras giros de la suerte y eventualidades fortuitas, los aztecas fueron asentándose paulatinamente en zonas más alejadas de los ríos, y así mantenerse distantes de otros pueblos enemigos. Para este entonces, Ocel ya tenía veinte años y era el miembro más fuerte de su grupo social; se encargaba de las expediciones de búsqueda de agua, vigilaba los límites de su asentamiento, supervisaba la caza más pesada y se entrenaba en su privacidad con la esperanza de, algún día, poder defender a su pueblo. Pero aún así, no le sería suficiente.

Al caer la noche de un día común, en uno de sus turnos de vigilia, Ocel supo distinguir a un grupo armado de exploradores tlaxcaltecas que se dirigía hacia su asentamiento. Rápidamente, tomo todos los atajos posibles para poder alertar a su pueblo, pero apenas llegó, detrás llegaron los tlaxcaltecas.

Durante el saqueo a su gente, los enemigos robaron, quemaron, derribaron y mataron cuanto les dio en gana, reduciendo su grupo social considerablemente y tomando de prisioneros a otra gran parte. Ocel fue el único de su grupo que logró liquidar a un par de invasores, llamando la atención de su general, quien al someterlo con sus hombres, se encargó de asesinar en frente suyo a varios integrantes de su pueblo, entre ellos al anciano que lo había criado.

De todas formas, los tlaxcaltecas se dieron el permiso de ser piadosos, dejando a varios con vida y soltándolos a la intemperie de la selva mientras se reían cínicamente. Ocel, parte de los afortunados, propuso que lo mejor sería reagruparse con un grupo cercano de aztecas, y así también dar aviso de la avanzada de otros pueblos por la zona.

Al llegar y dar reporte, el miedo hizo que todo el asentamiento decidiera migrar hacia otro territorio a principios del alba, selva adentro y armados con lo que sea, por precaución.

Una noche común, y tras semanas de caminata sin haber podido encontrar un sitio seguro, el grupo avistó en el cielo una luz intensa e incandescente que descendía en dirección a ellos y que, mediante más se acercaba, más se sentía el calor que emanaba. Cuando descendió lo suficiente, y tras el susto despavorido de todos, la luz fue perdiendo nitidez y logró distinguirse en ella una forma humana, increíblemente alta, de tez azul y con una vestimenta muy distinta a la de los nómadas, quienes levantaban sus manos hacia la luz, como sabiendo de quien se trataba.

Mi nombre es Huitzilopochtli—, dijo con voz distorsionada. Sigan la horda, desistan de Aztlán, hogar de nosotros, renazcan y rijan la tierra nueva, donde un águila los espera sobre un nopal, desayunando una serpiente—.

Repentinamente, la luz desapareció.

El grupo siguió, esperanzado e ilusionado por la premonición de su Dios, mas Ocel quedó rezagado, no se movió del lugar donde la luz había reposado. A su manera, pidió en voz alta que Huitzilopochtli se manifestara de nuevo, para pedirle que trajera al anciano que lo había criado de vuelta a la vida, pero en su lugar se le manifestó Tezcatlipoca, una entidad oscura y atemorizante que le ofrecería algo más que simple misericordia, y que le sería favorable para vengarse de todos los que se animaran a desafiar a su pueblo otra vez.

Ahogándolo casi hasta la muerte, suspendió a Ocel en el aire y le dijo:

Voy a entregarte a tus orígenes, a ver si sabes qué hacer con ellos—.

Después de sentir un dolor inigualable y parpadear dos veces, cayó noqueado al suelo.

Al amanecer, estaba solo, había perdido el rastro de su grupo y cuando salió a buscarlo se topó con los mismos invasores que habían masacrado a los integrantes de su anterior asentamiento, incluyendo al anciano. Aquel general tlaxcalteca ordenó que lo sometieran y que le abrieran el estómago a la mitad. Ocel estaba listo para morir, pero cuando vio la navaja presionando su abdomen, la punta se quebró. Intentaron hundir una lanza, y también se quebró.

Con un simple forcejeo de brazos, logró expulsar a metros de distancia a los hombres que lo sostenían, se abalanzó hacia los demás para liquidarlos con sus propias manos y, mientras lo hacía, se daba cuenta de cómo había cambiado su cuerpo; sus saltos eran más altos, sus piernas más ágiles, sus golpes más fuertes, podía hacer crecer sus uñas, sus colmillos y agudizar sus sentidos para saciar su sed de sangre cada vez que se le antoje.

Días después, Ocel alcanzó a su grupo, que seguía en la peregrinación por la tierra que Huitzilopochtli había premonizado, pero bien sabían que no tendrían mucho remedio si debían hacerle frente a un ataque de otra tribu enemiga. Sin embargo, no contaban con que Ocel había vuelto a sus filas para cambiar radicalmente el destino de su pueblo.

Los aztecas fueron peregrinos por décadas, tardaron aproximadamente dos siglos en establecerse en su tierra prometida para renacer bajo el gentilicio de mexicas. Con el pasar de los años, los mexicas se conformaron como una de las civilizaciones más prósperas de Centroamérica, siendo un imperio vasto y sustentable que basaba su prosperidad en la conquista, y para ello, se dice que en sus agendas bélicas contaban con diferentes clases de soldados, que eran criados para la guerra desde el día que nacían y se los entrenaba en las estrategias y conocimientos más finos del combate. Entre estos guerreros, los más populares eran aquellos entrenados bajo la creencia y las habilidades que un aguerrido salvador había transmitido de generación en generación en pos de garantizar la supervivencia de su gente; Ocelopilli, el «Guerrero Jaguar».

miércoles, 19 de enero de 2022

El misterioso jugador del CURCC

En la ciudad de Seúl, como todos los sábados después de trabajar, Aaron López Fontana se junta a jugar al Fútbol 5 con sus compañeros de la corporación.

El predio a donde van es gigantesco, de hecho es el más avanzado y mejor construido del mundo; las canchas tienen una iluminación tal que permite ver si una pulga camina por la punta del césped de la cancha, aficionados al fútbol de todas las edades viajan horas desde otras ciudades para llegar a tiempo por la reserva de una vacante, que no es para nada barata. Para todo aquel que disfrute del fútbol amateur de calidad, es un privilegio siquiera pasar la puerta de entrada.

Los amigos coreanos de Aaron son jugadores de fútbol bastante mediocres, pero lo que les falta en destreza futbolística lo compensan en el peso de su billetera, caso contrario no se reunirían todos los sábados en semejante predio. El único sin una buena situación económica es Aaron, no porque gane un mal salario, al contrario, gana lo suficiente para mantener su departamento en Yongsan y cubrir algunos gastos generales, pero lo que también debe calcular, es la mensualidad que religiosamente le transfiere a sus padres en Piriápolis, Uruguay.

Los padres de Aaron se mudaron a Chicago cuando él era chico, allí pasó varios años de su vida hasta que decidió irse a Seúl a estudiar ingeniería, todo pagado por su padre, que trabajaba para una empresa en la industria farmacéutica. Pero un año después de que Aaron se mudara a Seúl, la empresa quebró, y sus padres debieron volver a Piriápolis con nada más que sus valijas y diez dólares en el bolsillo. Desde entonces, Aaron les prometió garantizarles la misma vida que una vez habían tenido los tres en Chicago.

Siendo así, a Aaron solo le quedaría dinero para poder comprarse no más que un chicle al final del día, pero ¿cómo podía entonces pagar lo que le correspondía por la cancha de los sábados? Fácil, sus amigos siempre pagaban por él. No por lástima o por tener un gesto amable, sino porque Aaron es increíblemente talentoso con una pelota en los pies.

Gracias a Aaron, el equipo de siete jugadores donde estaban registrados en los torneos del predio de futsal, estaba invicto hace dos años, sin conocer la derrota y habiendo ganado casi todos sus partidos por humillantes goleadas al rival. Sus amigos coreanos rogaban cada sábado que ningún agente despistado de algún club del país pasara casualmente por las inmediaciones de la cancha, para que así no lo vieran jugar y no le propongan algún contrato millonario sobre la mesa que obligara a Aaron a renunciar al amateurismo que tanto les hacía disfrutar.

De tanto rogar, se ve que Dios o alguna fuerza superior universal, los escuchó. Jamás apareció nadie en el predio para ver jugar al pibe uruguayo de veintitrés que la descose en un rincón de Seúl. Salvo una vez.

Uno de esos sábados, cerca del final del partido, se aparece un hombre mayor, occidental, bastante petiso, con una boina marrón y un cigarro en la mano. Se queda diez minutos y se retira lo más campante.

Al sábado siguiente, otra vez. El viejo se queda diez minutos, termina su pucho y se va, caminando muy despacio.

La escena se repite intermitentemente; a veces aparece un sábado, al otro no, después aparece tres sábados seguidos y se ausenta los siguientes dos para luego aparecer otro sábado más. Para colmo, siempre que Aaron quiere acercarse al alambrado para alcanzarlo, desaparece.

Un día, el viejo no fue más. Aaron eventualmente dejó de interesarse en el tema y le confesó a uno de sus amigos:

Seguramente no es más que un pobre hombre que quiere disfrutar de un buen partido de fútbol de vez en cuando.

A la semana siguiente, se jugó un nuevo partido en cancha abierta, bajo una tormenta eléctrica tan fuerte que el viento modificaba el recorrido de la pelota en el aire. El partido terminó 1-0 con un gol de Aaron quien, nieve o truene, siempre jugaba excelente. Pero el partido había terminado tarde, el encargado de limpieza del predio les ofreció quedarse un poco más a todos, al menos hasta que la tormenta amainara un poco. La mayoría de los amigos de Aaron tenían auto y le ofrecieron llevarlo a su casa, pero él se negó, porque no vivía tan lejos y tampoco quería ser una molestia.

Pasó mucho tiempo, Aaron se dio cuenta que el predio estaba apagando las luces y que ya no podría estar refugiándose debajo del techo de la entrada por mucho más, y salió a caminar a su casa sin más que una fina campera y su uniforme deportivo.

Por la fuerte tormenta, decidió encarar por las calles comerciales, que eran más angostas y estaban cubiertas por edificios más altos, así se mojaría menos. Todo el lugar estaba bastante oscuro, no había un alma suelta por ningún lado, los negocios estaban todos cerrados salvo uno, el único que iluminaba la calle Hangang 21, un local pequeño que en el frente tenía un cartel que ponía: "스포츠 에디션", junto a un número telefónico.

A Aaron poco le importaba que el local sea coleccionista de ediciones deportivas del mundo, sólo le importaba saber si podía entrar unos minutos para refugiarse, al menos hasta que la tormenta calme.

El local estaba completamente vacío. No era tan grande, pero estaba tan bien organizado que podían reconocerse ediciones de todas partes del mundo; suplementos de la F1, revistas de El Gráfico de 1949 en adelante, recortes de periódicos sobre fútbol egipcio, el catálogo de modelos hot para la temporada '87 de la NBA, tarjetas de colección de cricket de la India y hasta una foto del Cabezón Ruggeri cuando jugaba en Lanús, firmada por él mismo.

Además de ser un gran jugador de fútbol, Aaron era un obsesivo aficionado a este tipo de cosas, y la variedad y la calidad de los artículos del local lo dejaba sin palabras. Pero lo que más lo sorprendió, fue la sección dedicada a Uruguay.

Al revisar detenidamente el contenido del estante, encontró un recorte estampado de una columna del diario El Siglo, de Montevideo, donde se leía: 

Sábado 12 de Noviembre de 1910
FOOT-BALL
INÉDITO ACONTECIMIENTO
EN EL PARQUE CENTRAL
DE MONTEVIDEO

Misterioso jugador ingresa
en lugar de Carlos Scarone y detona
una goleada infalible de los Carboneros
sobre la escuadra vecina de
Estudiantes de Buenos Aires
en el diluviante partido por la
Copa de Honor Cusenier.

El jugador, no registrado en la plantilla
del CURCC, anotó 9 goles y facilitó
otros 2 para el delantero José Piendibene.

La Asociación Uruguaya de Fútbol
no apelará.

Para sorpresa de Aaron, hincha de Peñarol, no estaba enterado de semejante evento. Estaba completamente seguro de que, al menos una vez, debería haber leído sobre esto en algún portal popular de la web, o escuchar a su padre hablar sobre el tema. Era imposible que algo así de significativo en la historia de su club le haya pasado desapercibido a sus ojos aurinegros, y siguió removiendo el contenido del estante para ver si encontraba algún recorte más al respecto.

Súbitamente, un rayo cae fuera del local y golpea a Aaron con una onda de choque tal que lo deja noqueado por unos minutos.

Cuando despierta, no está en Seúl, sino en los túneles del Parque Central en Montevideo, donde caía una tormenta incluso peor a la que había experimentado en Corea.

Lo primero que ve, son dos hombres, bien vestidos y empapados en agua, discutiendo a los gritos entre sí; «¡Así no podemos jugar!», distingue Aaron de uno de los dos.

—Disculpen... interrumpe Aaron ¿qué es esto? ¿qué pasa?—.

Los hombres se miraron entre sí.

—¿Usted es jugador?—.

Aaron no llegó a responder que ya le habían dado una camiseta rayada en amarillo y negro, mientras lo empujaban hacia una puerta que llevaba a la cancha del estadio.

Confundido, Aaron ve como un lesionado Carlos Scarone se retira caminando del campo de juego, quien lo saluda extrañado y le dice; «A usted sí que no lo conozco, pero haga lo que pueda». Acto seguido, suena el pitido del comienzo del segundo tiempo entre Estudiantes de Buenos Aires y CURCC (que más adelante se refundaría como Peñarol) por la Copa de Honor.

Sin salir del susto, Aaron intenta decirle al árbitro que no sabe por qué lo metieron ahí, que no quiere jugar y que por favor alguien le explique qué carajo está pasando. Pero el árbitro es soberbio, y sólo le ordena que juegue. Sus compañeros de equipo le gritan, le reclaman que corra, que baje a defender o que, mínimamente, reaccione, porque estaban perdiendo 0-1 contra un equipo argentino que nunca habían esperado que les hiciera un partido tan difícil.

Lo próximo que ven, es a Aaron, reventando la pelota de cuero al segundo palo después de gambetearse a cuatro jugadores corriendo desde el medio de la cancha, haciendo caños, bicicletas, gambetas, amagues y vaselinas que no se verían en semejante calidad hasta dentro de aproximadamente noventa años en el futuro. Y pelota tras pelota, la tormenta descomunal que caía sobre el campo de juego quedaría chica frente a la tormenta de goles que el Carbonero le propinara a Estudiantes de Buenos Aires; 11-1, resultado final.

Con el partido terminado, los jugadores uruguayos corren a abrazar a Aaron, quien lejos de entender algo, simplemente disfrutó del partido. Todos se saludan y encaran para el vestuario, y antes de que el propio Scarone se acercara nuevamente a Aaron para preguntarle su nombre, un rayo aún más potente le cae encima, dejándolo noqueado.

Al despertarse, Aaron está otra vez en Seúl, adentro del local de ediciones periodísticas pero que, ahora, es una tintorería común del barrio, y la dueña lo está echando a los gritos a la calle, en plena tormenta.

Cuando sale, mira para todos lados, las calles siguen igual de desoladas salvo por una sola persona, que fumaba tranquilo en la esquina, debajo de un techo. Aaron se acerca, reconoce que esa persona es aquel viejo que de vez en cuando se aparecía los sábados en la cancha. No te lastimaste, ¿no, pibe?, pregunta el anciano en un tono bien rioplatense. Aaron niega con la cabeza y le insinúa; ¿Usted también es uruguayo? ¿Quién es usted?.

El viejo, tira el pucho al suelo y le contesta:

Nomás un pobre hombre que quiere disfrutar de un buen partido de fútbol de vez en cuando—.