Hoy no quiero entretener a nadie, hoy no quiero que me lean si esperan irse con una sonrisa, no quiero que sean testigos de un relato desafortunado. Hoy quiero avisarles que están a un párrafo de zafar de un trago amargo más.
Había salido a un bar por San Telmo, Sarah me había invitado porque estaba deprimida y quería compañía, y yo invité a Jimena.
Jimena es una muchacha preciosa y carismática, logré conocerla por medio de Marcos, un amigo que creí inseparable. Marcos tenía un ferviente interés sentimental en Jimena, porque hace unos años había vivido algo con ella y, ahora que ambos estaban solteros, él pensó en una oportunidad que él no sabía que nunca se le iba a dar.
Y yo sí sabía, y por eso invité a Jimena conmigo.
En el bar tomamos unas cervezas, nos caminamos el centro hasta Alvear y decidimos parar en un bar demasiado under para mi gusto, algo turbio, pero tenía una máquina de reproducción de los años 80' y eso estaba piola.
La noche precoz no se hizo esperar y Jimena, Sarah y yo nos volvimos para Sarandí. En el viaje hablé lo suficiente con Jimena para convencerme de que el ferviente interés de Marcos era verídico, porque yo también lo sentí. Y la besé.
Había coronado un arduo día de trabajo y una linda cena con algo que, por más pobre se considere, no lo borraré jamás. Aunque probablemente olvide lo que prosiguió a ese momento.
Días después, el parque no se hizo esperar, tampoco las torres, tampoco Palermo y mucho menos las sonrisas. Pero a todo esto, yo sabía que tenía que hablar con Marcos, porque si bien él buscó ilusionarse solo, también merecía una explicación que yo retardé por temor a herirlo.
Pero Marcos se enteró, porque Héctor y Gerardo habían hablado conmigo, y ellos pensaron que sería de buena gente adelantarse a mi responsabilidad de hablar con Marcos. Todavía bien no sé el por qué de su introspección.
A menos de una semana, Marcos ya sabía todo, Héctor y Gerardo cocinaron panqueques y mi otro amigo Gastón también estaba enterado por arte de magia. Y entre todos hablaron conmigo.
Es difícil escribir este relato sin capacidad radial sabiendo que no existo, que soy egoísta, que me acobardé porque no me dieron tiempo y que fui un mal tipo por virar en un camino en el que tenía luz verde.
Es muy difícil.
Más difícil es aún haber escrito relatos y borradores, o desarrollar ideas para futuras publicaciones hechas para ellos, publicaciones que se borraron en una íntima tristeza y soledad.
Y es que ya estamos grandes, muchachos. A nuestra edad se empiezan a tomar decisiones, porque 21 años no se tienen siempre, porque el que no arriesga no gana y el que no se suma a respetar, pierde. Y no hay de otra. Si estamos grandes para esto, estamos grandes para todo.
Y si tenemos que igualar códigos, debemos igualar códigos para todo. Códigos que ustedes, muchachos, me ignoraron siempre. Pero eso queda en su criterio, ahora eso es tema particular de cada uno, tema que ustedes no supieron afrontar en privacidad y que, ahora, yo no tengo por qué explicarlo.
Si renunciamos, renunciamos todos. Y ahora renuncio yo. Porque me entristece mucho a mis adentros no haber sido capaz de sostener una situación normal en un joven, pero más me entristece que ustedes no hayan sabido perdonar eso.
Yo no soy culpable de más aquello que les dije. Porque no soy el responsable de que estas cosas me pasen a mí, o de ser un imán de mala leche, o de que ustedes no tengan la misma suerte que, admito, yo sí tuve.
Es hasta hoy que a mi me duele, pero renuncio.
¿A esto se redimen las vivencias?
Una persona como yo, una persona calificada por ustedes, admite que sí. Pero admite que sí a sus términos. Porque, insisto, si bien mi conciencia no está tan tranquila, mi alto respeto hacia lo que soy y puedo dar, se hace notar todos los días.
Yo no sé si Jimena valdrá la pena. Hasta hoy creía que sí. Capaz mañana lo siga creyendo. Yo supe darme cuenta que bailar con ustedes por tantos años sí valía la pena, pero, disculpen, me vale más mi orgullo. Porque si no me tengo a mi, no tengo a nadie.
Y sí, hoy me siento como que no tengo a nadie. Pero eso se va a terminar, y lo de ustedes también, pero cuando eso pase, yo ya no voy a estar más.
Porque me fui, me fui de viaje con Franco. Y no sé cuanto dure, pero no estaré caminando más por Sarandí.
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