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sábado, 7 de octubre de 2017

Tráfico de carritos

La primera vez que pisé un parque en mi vida fue a los 2 años, era un gordito tierno, con pelo parecido a las vellosidades del kiwi y lo suficientemente antisocial como para pretender que me lleven a pasear.

Yo vivía en el interior de la provincia, en 9 de Julio, mi viejo se había mudado por laburo y mi vieja, tontamente enamorada ella, le siguió el rastro de semillas para laburar por una miseria. Es hasta el día de hoy que creo que su único placer en aquella localidad desolada por la historia argentina era llevarme a pasear en el asiento trasero de su bicicleta antigua.

Para mí también había sido un año difícil. Y digo dicícil porque un nene a los dos años puede albergar recuerdos significativos, y nada más. Lo único que me acuerdo de esos tempranos años, es que en la guardería a donde me mandaban había una secretaria que nunca me quería dar otro vaso de jugo Ades de manzana, era una vieja mala, desubicada, andrógina y caricúlida, y todos los días me largaba a llorar por ir a esa guardería, porque no me quería topar con esa vieja de mierda.

La recuerdo firmemente, ¿vieron esas monjas de los orfanatos en las películas? ¿Esas que usan ropa gris y una túnica blanca atrás de la cabeza? Exactamente igual, pero con cara de chupar limón.

El día que más supe recordar de mis dos años de vida en aquel momento, fue que después de la guardería, mis abuelos me pasaron a buscar y me llevaron a la plaza más cercana de la avenida. No me alcanzan las palabras para describir lo mucho que me aburría estar en una plaza, porque no sabía treparme del pasamanos, le tenía miedo a los toboganes y cada vez que me hamacaba me hacía pis.

Todos los días me quedaba reguardado, tímido y antipático entre el calor de mi vieja y mi abuela, sin hablar y escuchando las charlas de adultos. Y mi abuela, siempre abriendo la boca cuando no le correspondía, en un grito muy resonante, me dijo:

-¡Hijito, mira a los nenes jugar con las palas y los baldecitos! ¿Por qué no vas y les pedís que te presten y jugas con ellos?

Por primera vez me las había ingeniado para putear a mi abuela en tres idiomas diferentes en mi mente. Porque no quería, estaba feliz sin jugar con nadie y tomando chocolatada, ¡yo no quería jugar con nadie!

Pero fui, porque me obligaron, me forzaron a socializar, pero en mi vano intento de ser simpático, lo único que supe decirles a aquellos niños que estaban construyendo castillitos de arena, fue:

-Dame una pala así juego con vos, dale.

Los dos pendejos me miraron con cara de "no debo hablar con extraños" y me ignoraron, pero después de insistirles mil veces más, se pudrieron y me dieron la pala rota, la que le faltaba el mango y se le escurría la arena por todos lados, la pala que seguro usaba la madre de ellos para levantar la caca del perro Alberto.

Esa fue la primera de tantas amargas experiencias en parques.

La siguiente, a mis 10 años, paseaba por la plaza central de la localidad con mi mamá y mi hermana, dormida en el carrito para bebés. Las tardes en 9 de Julio eran adorables, eso hay que admitirlo, porque es una localidad quedada en el tiempo, donde podés irte a dormir a las 3 de la madrugada sin cerrar la puerta central de tu casa con llave y no correr riesgo de que te desvalijen la casa, donde podías quedarte a tomar mate en la casa del profesor de dibujo de la cuadra y donde llegabas en bicicleta a cualquier rincón de la ciudad en unos pocos minutos.

Pero esa tarde, no fue adorable.

Paseando con ellas, a las 4 de la tarde, la plaza se lleno de madres con sus carritos portadores de bebés de 20 kilos cada uno, aparentemente se habían puesto de acuerdo para ir a tomar aire y mate a esa plaza. Pero no es que fueron todas juntas, no, estaban cada una por su cuenta, sin sus maridos, ni madres, ni suegras, ni hermanas, ni nada. Sólo ellas y los bebés que lloraban todos al unísono. Si prestabas atención se escuchaba una sinfónica de llanto y surro de bebés.

Me sentí tan incómodo de estar ahí, porque era el único acompañante de una madre con un carrito. Era el único varón ahí, y no sé por qué me sentía observado, invadido, acosado.

A mis 10 años, parecía ser que aquellas madres en la plaza, causantes y logísticas de aquel tráfico de carritos, detectaban mi cariño incesable hacia mi madre y los celos humeantes hacia mi hermana de año y medio. Era una sensación temblorosa por dentro, no porque no me gustaba, sino porque era cierto. Y desde ese día me realicé, a las malas, de que los celos no servían de nada, y que, algún día, mi demostración de cariño hacia mis padres en algún momento disminuiría considerablemente.

La última determinante, fue en el Parque Domínico, a cuadras de mi casa. Tenía un amigo muy cercano que se llamaba Gabriel, con quien siempre aprovechábamos los veranos para ir a la terraza y explotar petardos, o jugar a la Play o ir a caminar.

Un día, Gabriel tuvo bicicleta, y había empezado a usarla seguido, y a mi me dieron muchas ganas de tener bicicleta e ir con él a todos lados, pero no tenía plata para comprarla.

Yo no sé si habrá sido por lástima, por la falta de compañía o simplemente como un buen gesto que él le pidió a su abuela que me preste su bici. Una bici de los años 40', rosada y con canastito.

Sea por lo que sea, Gabriel se había sacado el gusto de ir a andar en bicicleta al Parque Domínico, acompañado y con una sonrisa de punta a punta asegurada. Pero yo la pase medio mal.

No por no disfrutar el día, sino porque el día parecía empedernido en no querer disfrutarme a mí.

A los pocos minutos de haber llegado al parque para pedalear, un grupo de lindas chicas que también andaban en bicicletas de última gama, me miraron y una de ellas dijo:

-Jajaja mirale la bici, mirale la bici...-, burlándose.

Se rieron todas juntas, me señalaron y giraron la cabeza para reirse una vez más. Y en mi fallido intento de demostrar que me chupaba un huevo lo que decían, me subí a la bicicleta con pedales de alambre y canastito y le jugué un pique a Gabriel y su bicicleta último modelo, sólo para demostrar que la tenía más grande que él y levantarme un poco el ánimo después de que un grupo de chicas lindas se haya burlado de mi.

Lo que yo no sabía era que, acto seguido al pique olímpico que le jugué a Gabriel, la bicicleta se descarrilaría, yo me iría a la mierda y el manubrio de la bici quedaría descalibrado, girando a la deriva sin permitir que dirija la bici.

O sea, le había hecho bosta la bicicleta a la abuela de Gabriel.

Es cierto que tuve malas rachas en lugares públicos, pero no todo fue malo.

Por ejemplo, en plazas de Avellaneda, Congreso y Recoleta, supe tener varias lindas experiencias amorosas, me reconcilié con un amigo, tuve mi primer salida en solitario con mi abuelo, mi primera caminata de charla de vida con mi viejo, declaraciones de amor, mates y anécdotas interminables con amigos, paseos virtuosos y poesías escritas en 20 minutos.

Es verdad lo que dicen que caminar, mirar por la ventana de un colectivo o tomar café en solitario son las mejores epifanías de tu vida. Es cierto que todo enseña de cierta manera, que cada rincón del país transmite algo, que uno adquiere vivencias con tal solo respirar.

Yo no sé que tendrán los parques, pero... ¿por qué enseñan tanto?

martes, 5 de septiembre de 2017

El gordo Cutó.

Yo te lo digo, viejo. Ese gordo tenía algo.

Dejame que te cuente como fue la historia que te vas a volver loco. Resulta que mi abuelo y yo eramos fanáticos del fútbol, ¿viste? Era el año 2012 y el viejo estaba triste porque Racing, que tenía buen equipo, aquel con el colombiano Moreno, había quedado afuera de la Sudamericana contra Colón. Cinco pepas en dos partidos se comieron los de Avellaneda.

Imaginate lo que es no ver a tu club grande campeón de algo desde hace once años. Es triste. Al Julio, sabio el viejo, le gustaba el fútbol del interior también, era hincha de un club con nombre medio raro: Club Compañía General Buenos Aires de Patricios.

Él se había criado en la localidad del Patricios, pleno campito del interior donde laburabas a los 12 años para mantener una familia, ¿viste? La cosa venía seria.

¿Sabés las veces que lo escuché hablar de Compañía? Era magnífico, el viejo a los 68 pirulos se acordaba de los cánticos de las tribunas humildes, de formaciones y tácticas del entrenador, ¿lo podés creer?

-La delantera la dirige el gran Formaggio-, me cantaba.

Ese Formaggio había terminado con un promedio de tres goles por partido en el año '53 y Compañía había salido campeón de la Liga dos años seguidos. Poquitas veces había salido campeón, equipito humilde, ¿no?

En aquel año el abuelo me había llevado unas cuatro o cinco veces a alentar a su clubcito, y yo me volvía loco, porque no entendía nada y quería entender todo. Me crié viendo fútbol de contrato millonario de primera, y del fútbol de raíz yo cachaba muy poquito.

Compañía ese año estaba jodido, estaba 5to en la tabla y tenía que jugar el difícil clásico del pueblo (contra Atlético Patricios) y dos días después contra Naón, el mejorcito. El clásico lo ganamos 2-0 de visitante y con dos goles de un pibito de 17 años... ¡17 años te digo! Ese día mi abuelo se fue a dormir con una sonrisa fantástica y lo vi tomar cerveza artesanal de segunda mano por primera vez. Me compró la camiseta del club y me la hizo firmar por el primer plantel y el juvenil. Fueron 37 locos que me firmaron la camiseta.

Fue una fiesta por dos días pero después llegó Naón, de local. Naón se perfilaba para el ascenso a la primera Liga regional, porque el año pasado había quedado tercero por tres puntitos de mierda y estaban arengados hasta las pelotas para el año siguiente, estaban con las orejas que sacaban humo de la calentura y te juro que daban miedo.

Pero, ¿cómo te digo? Compañía tenía suerte últimamente, le habíamos ganado a Dudignac 2-1 con dos flacos menos y en cancha de ellos, tenía algo de fortuna hace rato largo.

Aquel partido contra Naón se jugó abajo de un sol que prendía fuego el pasto. Vos alguna vez habrás visto que en los partidos de local, el local entra último, para el aplauso y la algarabía, entonces Naón había entrado primero.

Imaginate el cagaso que tenían los locales que cuando vieron la formación de Naón se quedaron tan mudos que hasta creo que lloraban cuando entró Compañía. No te jodo cuando te digo que los de Naón daban miedo, querido.

Para colmo no estaba el gordo ese, se ve que el tipo había tenido un problema en la casa que lo retrasó media hora en auto. Te hablo de Adrián Cutó, el 2 de Naón, un oso gigante que cuando caminaba hacía temblar la tierra. El gordo había llamado al técnico y le había dicho que no llegaba, que lo ponga a Mozún, que era el 6 y que juegue con línea de 3 abajo, que él llegaría en media hora.

¿Vos lo podés creer? Yo me cagaba de la risa cuando me lo contaron. A cinco minutos de empezar el partido, che. ¡Una locura!

Empezó el partido y Compañía se puso 2-0 a los 40' del primer tiempo. Le estábamos rompiendo el que te dije. Encima el segundo gol lo había metido el pibito aquel de 17 que te conté, tres goles en dos partidos para el gil ese. La gente estaba como loca porque pensaba que se podía. La bronca de los de Naón nos importaba un carajo porque estábamos dos goles arriba contra el mejor de la tabla, habían empezado los cánticos, había un tipo que sacudía el alambre a más no poder, habían puesto a calentar los choripanes para la noche porque faltaban los 45' del segundo tiempo y listo, se terminaba. Además estábamos jugando bien.

Y llegó Cutó en el entretiempo, nomás. Cuando el gordo entró por el portón de la cancha, los jugadores de Compañía se miraron entre ellos y te juro por la mama que escuché un:

-Uh, la puta madre, somos boleta...-.

Cuando empezó el segundo tiempo, imaginate, el técnico de Naón la estaba pasando muy mal y mandó al "Cachorro" Gómez a la cancha, la figurita del equipo que no había llegado bien al partido porque el día anterior se había lastimado la gamba derecha andando en bici.

Te digo que ese flaco nos hizo un gol a tres minutos de entrar. Iban 49' y estábamos 2-1.
El técnico de los del rojo se agrandó y mandó el segundo cambio. Cutó por Mozún.

Te explico, el gordo Cutó era un gordo con una panza que daba asco, se lo habían comprado a Los Toldos por unas monedas y resultó ser un animal en cancha. Si vos jugabas con el panzón atrás y con Villa de 5 atrasado, sabías que no te pasaba ni el Diego Armando. Para colmo le pegaba como los dioses a la bocha. Pelota que era de tiro libre, pelota que mandaba a guardar cerquita del ángulo.

Ey, no te jodo. Era así. Un gordo pelado que era una locomotora y que le pegaba como los dioses. No me vengas con Passarella o Brown o el flaco Schiavi, ese gordo fue de lo mejor que vi en mi puta vida.

Cuestión que entró Cutó y fue cosa de cinco minutos para que mande un pelotazo al área y que la agarre otra vez el "Cachorro" para poner el partido 2-2. Ya te digo, viejo, nos la veíamos venir. Después de ese gol se nos escapó todo. Mi abuelo estaba mudito como pocas veces, en el segundo tiempo lo escuché decir una sola frase:

-Mira que gordo de mierda, la puta madre-, estaba re caliente.

Después de empatarnos, se les subió la adrenalina a los visitantes. Fueron para adelante y el wacho de Yafaldano, el 8, nos dio vuelta el partido. 3-2 abajo.
Así de rapidito como nos lo dieron vuelta, vino el cuarto gol. Este lo hizo Pueyo, el 3.

Nos llevaban dos de ventaja y ya nos estaban haciendo el tuje. Faltaban diez minutos para que termine el partido y nosotros ya nos habíamos resignado, viste. Ni en pedo íbamos a hacer tres goles para ganar el partido, ¡menos en diez minutos nada más!

¿Y no te digo yo que vinieron dos tiros libres para Naón? Uno atrás del otro. Estábamos 4-2 de local y a los 80 empezamos a pegar. Queríamos meter falta por donde sea para tener la bochita. Y bueno, nos arriesgamos a las pelotas paradas.

Adivina quien le pegó a los tiros libres... el gordo Cutó.

Dos goles en diez minutos nos hizo el gordo de mierda. Que magnífico, loco.

Perdimos el partido 6-2 de local y mirá que bien que habrá jugado Naón que los locales los aplaudieron. A puro huevo nos ganaron habiendo estado en desventaja y sin el potente Cutó.

Aquel año ascendieron a primera y, aunque nunca salieron campeones, le pusieron mucho huevo y pezuña.

Mira que gordo de mierda, che.

martes, 29 de agosto de 2017

Patito Gervasio

Cuando todavía estudiaba en la Universidad de Buenos Aires, me hice un grupo de amigos bastante copado, aunque muy extraño. No éramos muchos pero de aquellos que lo integraban, solamente mantuve contacto con una chica que se llama Carolina, la única chica decente y que ya conocía de antes.

Por otro lado estaba Sofía, una recursante que amaba más la joda que el estudio, me acuerdo que un día decidimos ratearnos de la clase de semiología para ir a tomar unas cervezas con el resto del grupo, a ella la cruzamos en la entrada, le propusimos la idea y asintió con una cara de feliz cumpleaños muy característica de ella.

Estaba Micaela, que estudiaba psicología y era la que siempre me hacía acordar de llevar el termo con agua caliente para el mate. Estaba siempre acompañada de Giuliana, una ex compañera de mi colegio, y Braian, quien después sufriría un accidente en moto en el que termino muy delicado. Nunca más supe de él, y Micaela ahora vive en Córdoba.

Por último estaba la anteriormente nombrada Carolina, que mantenía una relación académica con Martina, una chica muy bonita que no se cansaba de compartir anécdotas en cada intervalo, siempre venía con algo nuevo: un día contaba cómo se le cayeron las góndolas de galletitas de su negocio; otro día detallaba sus accidentes en gimnasia artística; a veces nos contaba experiencias amorosas, etcétera... Y un día me contó de cómo conoció a Gervasio.

Gervasio Tarantini era un chico de 20 años, era alto, pelirrojo y demasiado imbécil. Tenía una manera de ser tan torpe que su vida estaba llena de eventos desafortunados causados por su increíble inutilidad. El día que lo conocí me quedé sorprendido al ver a una persona tan incapaz de todo. Pero pobre, me daba mucha lástima verlo así, aunque la verdad era que reconfortaba mucho saber que vos podes ser muy tarado, pero nunca tanto como Gervasio.

Sus amigos le decían "patito", por el famoso dicho del patito criollo. Es que era fascinante, me atrevo a decir, ver como nada le salía:
Si el martes tenía un final de Semiología, él se presentaba a dar Análisis II en el Enspa.
Si jugabamos al chinchón, gritaba ¡Chancho! 
Cuando nos juntábamos a tomar mate y le pedíamos que lleve la yerba y el azúcar, traía orégano y sal gruesa.
Y cuando algo parecía salirle bien, todos los demás nos mirábamos y sabíamos que, en algún momento, Gervasio la iba a cagar: un día se pidió un café, y el muy boludo en vez de traerlo con la mano, lo trajo en una bandeja, caminó entre las mesas del buffet lo más bien, gambeteó a todo el tuburbio de gente como el 10 de Boca y cuando nos mentalizábamos de que por fin algo le iba a salir bien, él se tropezaba con la pata de la silla y el café, la bandeja y él, terminaban desparramados por el suelo.

El pobre patito era tan despistado, tan fuera de sí, que si él fuese inmortal y tuviese cientos de miles de años de edad, yo sospecharía seriamente de si él fue el causante de la crucifixión de Cristo, del hundimiento de Atlántis, de la caída del imperio egipcio o del gol de Götze en el último minuto contra Argentina.

Lo odiaba, pero lo amaba. Porque siempre superaba mis expectativas.

Un día soñé con Gervasio. Soñé que, como otra de sus tantas imbecilidades, generaba un caos masivo en un shopping de Avellaneda. Resulta que patito tenía una hora libre porque había faltado el pelado de biología, y decidió tomar la increíble responsabilidad de ir a tomar un frapuccino de dulce de leche sin cafeína al Alto Avellaneda.

-Por cierto, eso implica cruzar dos semáforos, una barrera de tránsito y dos puertas corredizas, para ustedes suena normal, pero para Gervasio no. Él puede morir en el intento-.

Increíblemente esquivó una guerra nuclear al cruzar la calle, superó la posibilidad de infectar al mundo con ébola al sentarse y tomar su frapuccino, pudo evitar que haya otro terremoto en Chile al subir las escaleras eléctricas y casi casi activa Skynet al sacar plata del cajero, pero le había salido todo bien hasta ahora. Claro, esto era un sueño, en la vida real esto es imposible.

Pero como Gervasio es sinónimo de catástrofe, mi sueño tomó un volantazo inesperado. Al patito criollo le dieron ganas de hacer pis y, obvio, fue al baño. Abrió la puerta, entró, se puso a leer uno de esos carteles sobre calvicie que ponen arriba del mingitorio y procedió a bajarse la bragueta... Accidentalmente, por supuesto, se le rompió el botón del pantalón y se le cayó adentro del mingitorio, donde el pis de mil hombres al día se escurre hasta llegar al riachuelo.

Gervasio era un pelotudo, pero tenía sentido común, y no se hubiese atrevido nunca en la vida a levantarlo. Así que lo dejó ahí y salió del baño con los pantalones flojos. Y como patito es un imán de mala leche, a la mitad del camino hacia la salida se le bajaron los pantalones y quedó exhibiendo sus calzones de marca Zantino en frente de las carteleras del cine.

Las madres le taparon los ojos a sus hijos, un grupo de ancianas andróginas lo señalaron diciendo -¡Pero qué verguenzaaaa!-, unos adolescentes que pasaban por ahí se cagaron de risa tapándose la boca y dos guardias de seguridad entraron a correrlo.

Gervasio se asustó tanto tanto que salió corriendo con los pantalones abajo llevándose a decenas de personas por delante y empujando a varios más. En un momento Gervasio se cae arriba de un muchacho muy elegante que al ser empujado se cae de espaldas encima de un grupito de chicas que a su vez se tropiezan con otras personas del alrededor y así sucesivamente hasta generar una avalancha de personas que habían ido ahí para ver el estreno de la nueva película de IT.

Quien iba a pensar que la escalera central del Alto Avellaneda iba a colapsar porque se safó un tornillo de una de las barandas aplastando a cientos de personas. Todo por un botoncito roto.

Después del colapso de la escalera, me desperté. Supongo que me daba mucha pena la estupidez de Gervasio. Me tomé el sueño a la cómica y me preparé para salir y verme con unos amigos.

En el viaje me acordaba del sueño, me acordaba del pobre de Gervasio, ¿qué culpa tenía él de ser tan paparulo?

Llegué al Alto Avellaneda y les conté a mis amigos el sueño, por supuesto que estallaron en carcajadas y se mofaron de Gervasio hasta el cansancio, porque era imposible no reirse o sentir lastima por él. O una o la otra.

Pasamos la tarde, tomamos un café, vimos ropa y antes de irnos quise pasar al baño a lavarme un poco la cara y hacer pis... 

Había un botón de un pantalón en el mingitorio.

lunes, 24 de julio de 2017

A la cancha con papá.

El domingo 27 de Febrero del 2005, después del domingo de pasta en familia que teníamos en ese entonces, mi papá me sacó de la computadora bajo la orden de:

-Franco, cambiate que salimos.


Yo estaba jugando lo más pancho al Age of Empires, no sabía bien que hacer así que construía murallas alrededor de mis guerreros, y como lo disfrutaba mucho puse cara de amargado y no quise saber nada con salir con mi viejo.


Me subí al auto, y como en ese momento no había teléfonos celulares en cantidades, ni super estéreos en los autos o MP3 miniaturizados, lo único que pude hacer durante una hora muy tranquila de viaje fue mirar por la ventana imaginándome como sería mi vida si viviese en el universo de Dragon Ball Z, como el nene que era.


Ese día mi papá me llevó en secreto a la cancha de Boca, cuando todavía aceptaban a los no socios en las tribunas y el fútbol no se había tornado del todo violento. Y esto fue un hecho controversial en los hombres de mi familia.


Porque, sin que les importara si me gustaba el fútbol o no, mi papá quería a toda costa que sea hincha del glorioso Xeneize, campeón de todo y rey de copas hasta ese momento. Y por otro lado, mi abuelo que era otro gustoso del buen fútbol, a pocas horas de mi nacimiento mandó a hacer un banderín impecable que decía "Franco, el hincha número uno del Club Atlético Racing Club".


Entonces, yo de chiquito me pensé con dos opciones: O Boca y el gusto de mi papá; o Racing y el gusto de mi abuelo.


Para colmo, y esta es la primera vez que lo digo en mi vida, a mi me gustaba Mariano Pavone, que jugaba en Estudiantes, club de mi otro abuelo, el paterno, de quien tengo la vaga impresión que, si hubiese aprovechado la oportunidad, yo hoy sería hincha de Estudiantes de La Plata.

Ese día Boca le ganó a Olimpo 3-1 con dos goles de Palermo (mi segundo jugador favorito) y me volví a mi casa como hincha de Boca hecho y derecho, pero sintiendo un poco de culpa, porque el sueño de mi abuelo de que su nieto fuese hincha de la Academia se había esfumado.


Después de cinco años de haberme decidido por Boca, y de charlas futbolísticas poco duraderas con mi abuelo pero interminables con mi viejo, las controversias empezaron de nuevo. Para mi cumpleaños mi papá me llevó a la cancha de River a ver a mi ídolo Messi y su Selección Argentina golear 4-1 a España, el campeón del mundo. Aquel día para mi fue importante porque ví a Messi marcarle un gol exquisito al mejor equipo del planeta y porque pisaba la cancha del eterno rival de Boca.


Mi abuelo se enteró de esto y se hartó. Quiso hacer algo al respecto y durante tres años me llevó a las canchas del fútbol regional del interior de la provincia de Buenos Aires. Me llevó a enseñarme la pasión por el fútbol, porque en esos lugares estaba el buen juego, con clubes de nombres muy raros: Club Atlético Once Tigres, Atlético Dudignac, Club Atlético Naón, y la escuadra cual mi abuelo se declaraba hincha: Club Compañía General Buenos Aires de Patricios... já.


Esos años fueron eternos, yendo a esas canchas con pasto de verdad y terreno elevado que albergaban a jugadores de otras profesiones: camioneros, profesores, albañiles, había un gordo que atendía una dietética, pibes que no habían terminado el secundario, atajaba un viejo de 58 que ya estaba jubilado, etcétera. No había tantas canchas profesionales ni jugadores con salarios ostentosos, mucho menos patrocinadores que vestían ropa cara y conseguían publicidades con marcas reconocidas.


Allá el fútbol era otra cosa, algo que yo hasta ese momento no comprendía. Para ese entonces, el fútbol para mí era ganar títulos, balones de oro, tirar caños, rabonas, bicicletas, gambetearse a dos y clavarla en el ángulo.


Y el fútbol no era así.


Mi abuelo falleció en el 2013, habiendo visto a su Racing y su Selección en la cima del mundo, con el sueño no alcanzado de tener a su nieto mayor como hincha de la Academia pero con el consuelo de haberlo apasionado por el fútbol como se debe.


Un año después de su muerte, Racing sale campeón del torneo y Argentina llega a la final del Mundial. Algo que fue bastante paradójico, porque el fútbol tuvo mucha revancha con él. 


Porque sí, mi papá me hizo de Boca y logré disfrutar todos sus títulos, y también mi abuelo tuvo ese sueño frustrado, pero él me hizo sentir el fútbol, algo que yo no aprendí yendo a la cancha con papá.