El domingo 27 de Febrero del 2005, después del domingo de pasta en familia que teníamos en ese entonces, mi papá me sacó de la computadora bajo la orden de:
-Franco, cambiate que salimos.
Yo estaba jugando lo más pancho al Age of Empires, no sabía bien que hacer así que construía murallas alrededor de mis guerreros, y como lo disfrutaba mucho puse cara de amargado y no quise saber nada con salir con mi viejo.
Me subí al auto, y como en ese momento no había teléfonos celulares en cantidades, ni super estéreos en los autos o MP3 miniaturizados, lo único que pude hacer durante una hora muy tranquila de viaje fue mirar por la ventana imaginándome como sería mi vida si viviese en el universo de Dragon Ball Z, como el nene que era.
Ese día mi papá me llevó en secreto a la cancha de Boca, cuando todavía aceptaban a los no socios en las tribunas y el fútbol no se había tornado del todo violento. Y esto fue un hecho controversial en los hombres de mi familia.
Porque, sin que les importara si me gustaba el fútbol o no, mi papá quería a toda costa que sea hincha del glorioso Xeneize, campeón de todo y rey de copas hasta ese momento. Y por otro lado, mi abuelo que era otro gustoso del buen fútbol, a pocas horas de mi nacimiento mandó a hacer un banderín impecable que decía "Franco, el hincha número uno del Club Atlético Racing Club".
Entonces, yo de chiquito me pensé con dos opciones: O Boca y el gusto de mi papá; o Racing y el gusto de mi abuelo.
Para colmo, y esta es la primera vez que lo digo en mi vida, a mi me gustaba Mariano Pavone, que jugaba en Estudiantes, club de mi otro abuelo, el paterno, de quien tengo la vaga impresión que, si hubiese aprovechado la oportunidad, yo hoy sería hincha de Estudiantes de La Plata.
Ese día Boca le ganó a Olimpo 3-1 con dos goles de Palermo (mi segundo jugador favorito) y me volví a mi casa como hincha de Boca hecho y derecho, pero sintiendo un poco de culpa, porque el sueño de mi abuelo de que su nieto fuese hincha de la Academia se había esfumado.
Después de cinco años de haberme decidido por Boca, y de charlas futbolísticas poco duraderas con mi abuelo pero interminables con mi viejo, las controversias empezaron de nuevo. Para mi cumpleaños mi papá me llevó a la cancha de River a ver a mi ídolo Messi y su Selección Argentina golear 4-1 a España, el campeón del mundo. Aquel día para mi fue importante porque ví a Messi marcarle un gol exquisito al mejor equipo del planeta y porque pisaba la cancha del eterno rival de Boca.
Mi abuelo se enteró de esto y se hartó. Quiso hacer algo al respecto y durante tres años me llevó a las canchas del fútbol regional del interior de la provincia de Buenos Aires. Me llevó a enseñarme la pasión por el fútbol, porque en esos lugares estaba el buen juego, con clubes de nombres muy raros: Club Atlético Once Tigres, Atlético Dudignac, Club Atlético Naón, y la escuadra cual mi abuelo se declaraba hincha: Club Compañía General Buenos Aires de Patricios... já.
Esos años fueron eternos, yendo a esas canchas con pasto de verdad y terreno elevado que albergaban a jugadores de otras profesiones: camioneros, profesores, albañiles, había un gordo que atendía una dietética, pibes que no habían terminado el secundario, atajaba un viejo de 58 que ya estaba jubilado, etcétera. No había tantas canchas profesionales ni jugadores con salarios ostentosos, mucho menos patrocinadores que vestían ropa cara y conseguían publicidades con marcas reconocidas.
Allá el fútbol era otra cosa, algo que yo hasta ese momento no comprendía. Para ese entonces, el fútbol para mí era ganar títulos, balones de oro, tirar caños, rabonas, bicicletas, gambetearse a dos y clavarla en el ángulo.
Y el fútbol no era así.
Mi abuelo falleció en el 2013, habiendo visto a su Racing y su Selección en la cima del mundo, con el sueño no alcanzado de tener a su nieto mayor como hincha de la Academia pero con el consuelo de haberlo apasionado por el fútbol como se debe.
Un año después de su muerte, Racing sale campeón del torneo y Argentina llega a la final del Mundial. Algo que fue bastante paradójico, porque el fútbol tuvo mucha revancha con él.
Porque sí, mi papá me hizo de Boca y logré disfrutar todos sus títulos, y también mi abuelo tuvo ese sueño frustrado, pero él me hizo sentir el fútbol, algo que yo no aprendí yendo a la cancha con papá.
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