Hay una situación muy curiosa que imagino cuando visito ciertas ciudades, como si entrara en un tipo de trance o hipnosis que me deja paralizado como veneno de serpiente, dejando a mi merced solamente los párpados y las pupilas para deleitarme con el paisaje, por más mundanos o mediocres que sean.
Es una sensación similar a cuando vas en auto, por la ruta, y te quedas viendo los metros y metros de interminable pasto y árboles que se funden con el horizonte. Son creadores de filosofía, motores de epifanía con intenciones de ying y yang.
Me pasa en Capital Federal, en Avellaneda centro, en el pueblo de Patricios y en el barrio de la Boca. Cada uno de ellos es un pedazo de historia, una página amarilla que se niega rotundamente a quebrajarse por el tiempo, por más mal que este les haya causado.
Capital es una de las madres de mi país, me atrevo a decir que la única que siguió en pie a costa de políticos controversiales que pasaron y pasarán, es cuna de metrópolis y cruce de culturas, hipnótica, sublime. Es donde el pueblo se junta para todo, para manifestar, para militar, para festejar, para pasear, y solamente en México y Argentina vi como un pueblo tanto se hace escuchar.
Avellaneda, si bien no es mi cuna, es mi hogar. Lamentablemente nací en territorio cheto, y afortunadamente me crié en territorio humilde y trabajador. Pegadito a Capital está Avellaneda, con sus pequeños e igualmente sencillos barrios. Es normal que Avellaneda me cause tanto, porque vio nacer mis amores, mis penas, mis mayores alegrías y tristezas, gran parte de mi niñez, mi adolescencia y los mejores momentos de mi novata adultez. Con seguridad digo que cualquier rostro del mundo que haya visitado Avellaneda, no vuelve a ser el mismo a su posteridad.
Patricios, y no es el Regimiento, es la localidad del partido de 9 de Julio en el interior de Buenos Aires. Es un pueblo tocado y sufrido por idas y vueltas de los primeros pasos a la modernidad argentina. Fue privilegiado por el peronismo y vulgarmente visto por las posteriores presidencias de facto. En su historia yace mi sangre, porque es de allí donde Argentina sacó a uno de sus mejores ciudadanos jamás. En su sufrimiento por el ferrocarril y las deudas llegó el heroísmo de este ciudadano, quien además de ser mi abuelo es el causante de mi pasión.
Barrio de la Boca, cuna del fútbol de mis amores, de Benito y el arte, de bailantas y vivencias antiguas que pueden revivir cuando quieran tomándose el 29. Banderas suecas tomadas como ejemplo, ¿quien sabría lo que generaría?
Los conventillos, los trabajadores, las revoluciones y carnavales... la alegría. El barrio de la Boca no tiene calificativo, aunque me encantaría catalogarlo como 'Xeneize', pero sería muy vago.
Ir por la ruta en Buenos Aires es algo más que manejar un auto y seguir reglas de tránsito, es como si la vida de uno avanzara mediante la recorres. Yo no sé si será porque Argentina tiene algo especial en el mundo que hace que sus habitantes hagan de los barrios algo mágico o porque yo le llegué a dar ese significado mágico que tanto me apasiona. Por cualquiera de las dos razones, me enamoré de esa comodidad incondicional que tengo en Buenos Aires.
¿Cuantos en el mundo pueden decir eso de su hogar?
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