"si él llama nuevamente por teléfonole dices que no insista, que he salido...".
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martes, 21 de septiembre de 2021
La poetisa del mar
lunes, 6 de septiembre de 2021
Carta para el Franco de Cincuenta años.
Bueno, acaban de pasar dos días de que cumplí veinticinco. Yo sé que me vas a leer en algún momento, y aunque falta una banda, hay un par de cosas que me gustaría que me cuentes, pero no hace falta que te apures, sé que falta mucho.
No me vas a dejar mentir, nunca nos sentimos de veinticinco. Con una pandemia encima y casi veinte meses de envejecimiento tirados a la basura por tan estáticos que estuvimos en nuestras casas, es de esperar que no nos haya caído la ficha a tiempo de la edad que teníamos.
De todas maneras, cayeron otras fichas. Cuando tenía veintitrés, jodía con mis amigos diciendo que me asustaba saber que en siete años tendría treinta, nos reíamos y la dejábamos pasar, pero una pandemia después y que, después de un parpadeo, a esos veintitrés se le hayan sumado dos más, es un susto un poco mayor. No tanto un susto por el número, sino por la sensación de que lo que teníamos para los veintitrés, no se renovó mucho al pisar los veinticinco.
No estoy ni a la mitad de mi carrera, no sé si debería estudiar otra cosa, no sé todavía lo que es un trabajo en blanco, no tengo un auto, ni novia, y me cansa un poco la misma rutina de siempre, yéndome a dormir pensando que esa realidad tiene que durar un día más.
No jode tanto lo de la novia, pero lo otro me quita horas de sueño, a veces ni siquiera duermo y, cuando me reflejo en semejantes, no logro entender qué estaré haciendo mal, o qué me faltará hacer, para competir (sanamente) con la realidad de esa persona.
Ya sé, deja de cagarme a pedos, no sé ni qué mierda estás pensando pero te conozco y sé que es lo que me podés llegar a decir, pero bancá un toque, hago lo que puedo con lo que tengo. Vos lo sabés.
Lo que te puede servir de Tafirol para el dolor de cabeza que te estoy causando, es que en realidad sí me di cuenta de lo mucho que me falta por vivir. O sea, son veinticinco años, pensar que esto te va a llegar dentro de cinco lustros me vuela la cabeza, no puede ser que hoy sea tan joven y que todavía no lo sepa, que no caiga en el tiempo que me queda para aprovechar e invertir. Pero me es imposible pensar que los podría haber vivido de una manera diferente.
Quisiera que sea al revés y que me digas vos cómo son las cosas en tu vida del 2046. Y no me refiero a si los autos vuelan, o si ya se puede viajar a Marte en el aéreo que para en la esquina, o si las compras que hacemos por MercadoLibre llegan a través de un drone a hélice de avanzada IA, o esas pelotudeces. Es más personal.
Quiero saber cual es tu título, o si tenés más de uno, quiero saber de qué trabajas, si los plazos fijos siguen existiendo o si mágicamente te hiciste millonario por alguna cosa medio rara que descubriste, si el lugar donde estás viviendo es aquel donde hoy yo quiero estar, si la vieja está bien, si el Peugot 208 sigue siendo un autazo, si tu hija se llama como yo sé que se va a llamar, si ahora el daltonismo tiene cura o si es un motivo para hacernos famosos, si te hiciste un tatuaje que te dolió hasta el ano o si simplemente tenés la capacidad y la tranquilidad mental de decir "Sí, querido Franco delgado con pelo largo del 2021, al final llegamos a los cincuenta siendo felices, no te preocupes".
No te pido mucho.
O mejor dicho, es un montón, sí, pero por ahí sabés que me estoy haciendo el boludo para disimular que estoy un toque desesperado e intranquilo. No es tanto por tus respuestas, sino sobre cómo obtenerlas para responderme a mi yo de ahora, dentro de cincuenta años.
Al fin y al cabo, ese vacío que sentimos desde el 2014 sé que está ahí y que es la madre de todas las variantes raras de mi futuro, para bien o para mal, per al menos quisiera saber si aprendimos a lidiar con esa responsabilidad, pero okey, somos supersticiosos y tuvimos que recurrir a escribir (lo mejor que sabemos hacer) para calmarnos. Bah, capaz vos ya estás calmado.
A groso modo, si lo único que nos queda y que sé que va a perdurar hasta que me respondas, son los recuerdos, yo te aseguro que te los voy a dejar en la caja fuerte, con la contraseña de siempre y con un easter egg que diga "si lees esto es porque tenés cincuenta año y sos un viejo puto", así explotamos juntos.
Y a modo de cierre, así no te hago enojar causándote calvicie, te quiero decir que te quedes tranquilo, sé que responderle a la gente que eventualmente venga a preguntarnos aquello que queremos responder, ya no me como el mundo insolentemente como antes, empecé a laburar con lo que somos hace no mucho, tengo muchas ganas de saber de vos y te prometo, con toda seguridad, que vamos a seguir siendo futboleros, peronistas y de Zona Sur para toda la vida.
P. D.: apenas pueda, te voy a dejar un grabado en algún lugar de la Ciudad Autónoma o de Avellaneda, para que lo leas y digas "fua, re boludo el que escribió esto". No para que hagas nada, es por la épica nada más. Cuidate mucho.
domingo, 1 de agosto de 2021
La verdad sobre el Empréstito a Baring Brothers & Co.
El 19 de Agosto de 1822, el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires decidió que, bajo la gestión del entonces Ministro Bernardino Rivadavia, se pediría un préstamo de cuatro millones de pesos a valor nominal a la banca de Baring Brothers & Co.
La provincia todavía seguía constituyendo su autonomía a seis años de la declaración de la independencia, de modo que la intención principal, según datos históricos, era destinar ese dinero a obras masivas en el Puerto de Buenos Aires, crear un par de ciudades e instalar agua corriente en zonas aledañas.
Entonces, con la indicación de Rivadavia, los negociadores encabezados por Braulio Costa, se fueron a Londres a cerrar el acuerdo por un millón de libras esterlinas que, con el tiempo, se tomaría como una de las estafas más deshonrosas y humillantes a la patria.
El colmo estuvo en que, al momento de contraer el préstamo, y fuera de lo esperado, la banca inglesa propuso financiarlo a un ochenta y cinco por ciento del valor nominal. Entonces, los negociadores propusieron emitir el certificado de deuda con un setenta por ciento de colocación nominal y el quince por ciento restante sería deliberadamente comisionado entre la banca y los encargados de la negociación. O al menos eso se dice.
Pero la verdad, que nunca salió a la luz hasta el día de publicadas estas palabras, fue otra.
Resulta que antes y durante las invasiones inglesas al Virreinato del Río de la Plata, se registró en los controles costeros del Puerto de Buenos Aires, una serie de incidentes marítimos y naufragios llamativamente repetitivos. Las embarcaciones militares y capitanías navales tomaron cartas en el asunto y se encargaron de reportarlo a las autoridades estatales. Recuperaron restos, distribuyeron la carga que los naufragios traían y registraron testimonios de los tripulantes de cada navío.
Para sorpresa de las autoridades, la mayoría de los entrevistados a través de los años, habían declarado haber chocado con infraestructura submarina del puerto o que habían sido emboscados por algo en movimiento que, según los navegantes, serían restos de alguna nave desmantelada durante las invasiones o bien algún elemento contundente que se encontrara anclado en el fondo.
En cualquiera de los casos, las declaraciones serían incongruentes, porque el Río de la Plata era cómodamente profundo para embarcaciones pesadas y los navíos mercantes obviamente fondearían lejos de cualquier zona de riesgo de conflicto bélico. Sin embargo, al presentar los testimonios al Ministro de Relaciones Exteriores un año después, Rivadavia ordenó confiscar y suspender los registros notariales sobre los naufragios indeterminadamente y llevar a cabo una investigación confidencial en todos los sectores donde se habían reportado incidentes.
El informe de la investigación que le llegó un mes después fue insólito. Todas y cada una de las fragatas militares que se habían desplegado en las zonas de colisión habían reportado "(...) repentinos avistamientos de criaturas marinas semejantes a las ballenas, con cuellos largos y de tamaño similar a los navíos mismos".
Sorprendido, Rivadavia exigió ser testigo de uno de esos reportes y partió en la madrugada del 9 de Julio de 1817 hacia zonas más profundas del Río de la Plata en una fragata copada con la élite de la marina nacional. Aquello que vio lo desconcertó tan a sobremanera que decidió declarar un alerta a todas las capitanías militares sobre estas criaturas para que, con métodos de carnada de diferentes cebos, se las alejara del puerto y se las dirigiera hacia el Océano Atlántico, por el mayor tiempo posible.
Ya en 1822, Rivadavia se reunió con el Gobernador Martín Rodríguez y le comentó toda la serie de eventos de algunos años atrás. Ambos coincidieron en no solo mantener todo en secreto, sino que ante la falta de soluciones para lo que ellos crían un problema, decidieron recurrir a la asistencia de algún organismo que faculte las herramientas para deshacerse de estas criaturas. Y así fue como se concluyó en el consentimiento de la Junta de Representantes de Buenos Aires para ir en búsqueda de un préstamo a la banca Baring Brothers & Co., que si bien se creía necesario para la inversión pública, gran parte del capital se destinaría para la otra cuestión.
El viaje a Londres no fue exclusivo para el empréstito, porque además se sabía gracias a las historias urbanas que Martín Rodríguez había escuchado de Manuel Belgrano tras su viaje en 1815, que Inglaterra contaba con conocimientos sobre este tipo de seres vivos y que podrían ser de gran ayuda. La Banca se reunió con los negociadores argentinos, que más que a negociar fueron a recibir asesoramiento de prestigiosos zoólogos, entre los cuales se encontraba Edward Bennett, quien sería Secretario de la Sociedad Zoológica de Londres en el futuro, y acordaron los términos del auxilio.
Al regresar de forma secreta a la Argentina, Braulio Costa y Miguel Riglos le presentaron a Rivadavia un "Plan de Contención y Reubicación" copiado al que los ingleses habían tenido con criaturas similares que ellos llamaban Afancs, que habitaban en los mares de todo el Reino Unido y que eventualmente supieron reubicar en diferentes lagos remotos de Gales para evitar que fuesen vistos.
La intención de Rivadavia fue seguir al pie de la letra la adaptación de ese plan. Su idea era construir una especie de trampa en aguas poco profundas, intentando atrapar con redes reforzadas a estas criaturas y, una por una, llevarlas al sur del territorio, a aguas glaciares y donde había menos densidad poblacional. Pero no salió bien.
La cantidad de criaturas era masiva, a veces las embarcaciones no soportaban el peso de los ejemplares adultos, las redes se rompían seguido y, además de tardar demasiado en la reubicación, casi la totalidad de ellos eran cazados para ser una especie de trofeo para los tripulantes o bien fallecían tiempo después de sumergirse en las aguas tan frías del sur.
Con el tiempo, hasta Bernardino Rivadavia terminó enterándose de la caza de estos seres vivos, pero no le otorgó importancia e incluso llegó a ocultárselo a Martín Rodríguez para que su autoridad no interfiriera en el asunto.
Al pasar los años y con el Puerto de Buenos Aires reformado, se levantó la prohibición de registros de naufragios a las inspecciones costeras, a sabiendas de que aún había varios ejemplares de éstas criaturas, pero que ya no era la cantidad incontrolable que había antes.
Muchos años después, a mediados de 1876 y durante la presidencia de Nicolás Avellaneda (que era sabedor de los eventos del Río de la Plata gracias al testamento confidencial de Rivadavia), un conservacionista y geógrafo llamado Francisco Moreno, se reunió con el presidente en Buenos Aires y acordó la financiación de la expedición que realizaría a la Patagonia para establecer límites geográficos con Chile, pero con una peculiaridad que no podía hacerse esperar.
Nicolás Avellaneda se había interesado exageradamente en las experiencias de Rivadavia, de manera que se embarcó al Río de la Plata varias veces al mes durante un año para intentar avistar lo que una vez su antecesor vio. Y lo logró. En aguas poco profundas y a tempranas horas de la mañana, atrapó a cuatro ejemplares muy jóvenes de estas criaturas que él llamaba "bestias" cariñosamente.
Después de llevarlas al Riachuelo y soltarlas en una suerte de represa que había construido especialmente para estos animales, el presidente le explicó a Francisco Moreno que ya no era posible seguir ocultándolos, que más temprano que tarde tendría que desmantelar esta represa porque el plan de inmigración que estaba por iniciarse tras la crisis económica afectaría a toda la zona adyacente al Puerto de Buenos Aires, y la vida de las criaturas podría llegar a correr peligro.
Entonces, Moreno le comentó a Avellaneda sobre un lago que en Enero de aquel año había visitado a desembocaduras del Río Limay, entre las provincias de Río Negro y Neuquén, donde las aguas tenían una temperatura adecuada para aquel tipo de animales y que, al ser un lugar casi despoblado, la integridad de los animales estaría fuera de riesgo. Encantado, Avellaneda aceptó.
Como las bestias de Avellaneda no eran pesadas ni de gran tamaño, se le indicó a Moreno que las traslade en tanques de madera en la embarcación que emprendería hacia el sur, con la única particularidad de desviarse hasta aquel lago (hoy conocido como Nahuel Huapi) para, cautelosamente, dejar a estas bestias en libertad y luego quemar los cuatro tanques de madera donde se las trasladaba.
Nunca nadie se volvió a enterar de aquellas bestias. Ni Moreno, ni Avellaneda, ni nadie. Hasta que un día de 1897, le cuentan al Doctor Clemente Onelli que en aquel lugar, se suele ver algo que «sale de los lagos de noche, posee el cuerpo del tamaño de una vaca y deja huellas como las de un pato gigante». Hasta hubo algunos (o sigue habiendo), que decían que era un plesiosaurio. Pero sin embargo, algo debió saber Onelli para decir:
«Vea, che... también puede ser que me haya sido forzoso, para que se realice este nuevo reconocimiento, recurrir al extremo que supone la historia del plesiosaurio, sin cuya quimera no tendríamos expediciones ni nada».
La historia argentina te dice que el 19 de Agosto de 1822 se aprobó la solicitud de un préstamo. Te dice que el 1 de Julio de 1824 llegaron un millón de libras esterlinas que se invertirían en obra pública pero que un porcentaje se lo robaron, que tal empréstito fue una traición a la patria y que a pesar de a las invasiones inglesas no hubo accidentes o naufragios en aproximadamente cuarenta años. Te dice que Francisco "Perito" Moreno no se dirigió al Lago Nahuel Huapi en 1876, sino hacia el Río Santa Cruz, y que no existe tal cosa como esas bestias.
Yo te cuento algo diferente.
viernes, 16 de julio de 2021
28
Me cuesta mucho escribir esto.
Tengo en claro sobre lo que quiero escribir pero no sé por donde empezar.
Hace casi una semana todo era más fácil, sabía que hacer, sabía donde ir y había encontrado una forma inusual de sentirme feliz. Hoy, sin embargo, todo eso se mantiene pero con la sorpresa constante de haber caído en la realidad de que Argentina, por fin, es campeón.
Yo tengo veinticuatro años, en pocas semanas voy a tener veinticinco, soy argentino, vivo en Buenos Aires, me gusta el mate, el dulce de leche, escribir, sé hablar inglés, tengo un blog y un laburo mediocre. En esta época, este tipo de definiciones es común entre nosotros, pero también me di cuenta de algo.
En nuestra singularidad, todos los argentinos, absolutamente todos, nacen con el fútbol, viven rodeados de fútbol, transmiten fútbol, mueren con el fútbol y, en ocasiones, reencarnan en el fútbol.
Un día nace alguien, en tal año, en tal lugar. El padre o la madre, les guste o no el fútbol, son hinchas de algún club. Los tíos, los abuelos, las amistades de alguno de los padres, aunque sea uno, les insisten y presionan para que el sujeto recién nacido sea hincha de algún club de fútbol particularmente querido. Eventualmente ese sujeto crece, es un niño o una niña, va al colegio, se juega un Mundial. Si los partidos son en horario de clase, la clase se suspende y los directivos del colegio ponen un televisor para ver jugar a la Selección. En los recreos, al menos una vez al día, escucha a alguien hablar del resultado de un partido que se jugó el fin de semana pasado. En la adolescencia, tiene normalizadas las conductas de juntarse con gente para ver un partido, o saber que algunos de sus amigos van a la cancha del barrio a jugar un picado, seguramente habrá escuchado anécdotas de gente mayor contando cuando vio jugar a tal jugador o cuando su equipo fue campeón de algo. Llega a la adultez, tiene gente conocida con hijas o hijos crecidos que, por tradición, los han llevado por primera vez a la cancha. Ya ha gritado muchos goles, le guste el fútbol o no, sea hincha de un equipo o no. Y a su vejez, esta persona habrá visto campeón a muchos equipos, ha visto muchos partidos y ha coincidido con pares de su vida para hacer algo en torno a un partido de fútbol. Y todo esto, probablemente, se lo haya transmitido a su descendencia, de generación en generación.
El ser humano nacido en argentina tiene consigo el yin y el yang de la dicha y la desgracia de haber nacido, vivido, muerto y reencarnado en el fútbol.
A mi, antes de nacer, ya me esperaba un banderín que me acreditaba como hincha de Racing. La vida me hizo de Boca. Vi partidos en el colegio. Desayune, almorcé, merendé y cené con partidos de fútbol de fondo. Conocí estadios. Fui a ver a la Selección. Grité goles. Lloré, puteé, festejé y volví a llorar. Y puedo garantizarle a quien sea que lo seguiré haciendo y que, muy probablemente, mis hijos y mis nietos lo hagan también.
Hace casi una semana que me di cuenta de esto, porque hace casi una semana viví algo que nunca había vivido y que me hizo más feliz que nunca.
La Copa América del dos mil veinte se había pospuesto un año por la pandemia. Lo cual odié porque estaba triste y como buen argentino que soy necesitaba de fútbol para ser feliz. Se iba a jugar en dos países, acá y en Colombia. Muy cerca del comienzo de la Copa, Colombia renunció como sede por quilombos políticos, y cuando pensábamos que la íbamos a organizar nosotros en solitario, la CONMEBOL determinó que por tantos casos de Covid-19 que había, tampoco iba a jugarse en Argentina. Estuvo a punto de cancelarse y casi me mato, pero al final se decidió que se jugaría en Brasil, que tenía más crisis sanitaria y política que Argentina y Colombia respectivamente. La final sería en el mítico Estadio Maracaná y todos los equipos de sudamérica participarían.
La última vez que Argentina había gritado campeón había sido hace veintiocho años, justamente también en una Copa América, y desde entonces, perdimos siete finales, pero las últimas tres fueron de manera consecutiva y teniendo al mejor jugador en la historia del fútbol en el plantel.
Nos acostumbramos a ser subcampeones, y no sé por qué, pero el argentino se ilusionó siempre desde el minuto cero como si nada. Para la Copa América de este año teníamos ilusiones renovadas, yo tenía ilusiones renovadas, y no sabía cómo ni por qué.
Pasaban los días, pasaban los partidos y pasaban las reuniones con amigos o en familia viéndolos. Adquirimos cábalas, amuletos de la suerte, pedimos señales divinas, nos llevamos el corazón a la garganta y, de nuevo, como unos imbéciles, nos ilusionábamos.
Ya hacía mucho que el inconsciente colectivo del argentino venía dañado, no solo por el fútbol sino por las desgracias que nos tocó vivir como país. El consuelo más eficaz del argentino es gritar un gol, no importa quien sea, y a esta Copa, con el ataque de un periodismo nefasto y desalentador, la Selección llegaba renovadísima, con técnico joven, con jugadores jóvenes y los históricos que prevalecieron.
Jugamos bien, le ganamos la semifinal a Colombia por penales y un día después del Día de la Independencia, tuvimos que jugar la final contra Brasil, que venía jugando descomunalmente.
Todo el partido fue un chivo en calesita, pero para nosotros era una batalla por la felicidad en el campo. Porque ese 10 de Julio no eran once argentinos contra once brasileños, eramos cuarenta y cinco millones que queríamos y necesitábamos que Argentina salga campeón.
En algún momento del primer tiempo, Ángel Di María metió un golazo que los defensas de Brasil no supieron cómo evitar. Fue uno de los goles que los argentinos más han gritado en su vida, seguramente, pero desde que la pelota tocó la red y hasta que llegara el final del partido, nos dedicamos a sufrir. Lo que faltó del primer tiempo y todo el segundo, los que teníamos la mirada clavada al televisor, hubiésemos hecho millonario a cualquier cardiólogo de la taquicardia y las palpitaciones que teníamos desde el minuto '80. El relator Pablo Giralt de la TV Pública trataba de no llorar con cada segundo que pasaba, cada vez que la cámara enfocaba a alguno de los jugadores se los veía con ojos en trance con la pelota que solamente interrumpían si tenían que mirar al árbitro uruguayo a ver si pitaba el final, yo no podía revisar los mensajes de WhatsApp porque estaba al borde del llanto y doy por seguro que cualquier otro argentino en otro lado del planeta sufría el doble porque la señal televisiva le llegaba con delay. Pero después de los cinco minutos de agregado, y faltando siete segundos para que se cumplan, el árbitro mando las manos al cielo y silbó el final.
Argentina era campeón de América después de veintiocho años.
Había escuchado a un escritor argentino, Hernán Casciari, decir que "tenemos que renovar las hazañas para contarle a nuestros hijos y nuestros nietos", porque había gente de veintiocho años, con hijos, que no sabían lo que era vivir un país entero gritando campeón.
Está en la naturaleza del argentino ser futbolero, y no hay cosa más linda en esa naturaleza que ser y sentirse campeón. Pero este grito fue especial, porque era un grito que muchos nos guardamos por décadas, yo personalmente me lo guardé casi veinticinco años, y la gente lo necesitaba, por lo del Covid, por la economía de mierda, por gente que ya no está y que le hubiese encantado ver a Argentina campeón, por Messi, que fue el mejor e hizo lo que quiso en toda la competición y que se lo merecía más que nadie, por ganarle a Brasil, eterno rival, y porque Dios quiso que no le ganáramos acá en Argentina, sino en el Maracaná y por la mínima.
Me permito responderle a Hernán Casciari, diciéndole que ya tenemos una hazaña hermosa para contar. Y me disculpo con mi vieja, que cuando me fui a festejar al Obelisco y me dijo que me cuide, yo le respondí:
«Y si no me cuido y me cago muriendo, me muero campeón de América».
Pero soy así, los argentinos somos todos así, vivimos en torno al fútbol, pero la dicha y la desgracia de eso nos completa más a quienes vivimos de él.