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lunes, 28 de febrero de 2022

El primer «Guerrero Jaguar»

Alrededor del año 1.044, en algún lugar árido de lo que hoy es el sureste de México, varias familias de aztecas nómadas caminaban, sin rumbo alguno y con nada más que sus herramientas y sus recién nacidos en brazos, por las costas de un río tranquilo con esperanzas de encontrar un terreno fértil para la cosecha.

Durante años, los aztecas vagaron de lar en lar en búsqueda de la prosperidad, sobreviviendo ataques de tribus hermanas que robaban sus bienes, mutilaban a sus hombres y violaban a sus mujeres por diversión. Soportaban las peores sequías, los climas más animosos y lidiaban constantemente con la desatención y el autoritarismo de algunos de sus propios líderes, quienes debían ser responsables del cuidado y protección de los grupos familiares que, con cada noche que pasaba, más aumentaba su desconsuelo.

Entre ellos se encontraba Ocelkonetl, un niño huérfano adoptado por el anciano mas longevo del grupo.

Los padres de Ocel fueron asesinados por sicarios totonacos tras ser encontrados huyendo de uno de los tantos asaltos y quemas de sus asentamientos. Fueron atados y degollados cruelmente, pero cuando estaban a punto de asesinar a Ocel, un jaguar saltó sobre los sicarios, quitándoles la vida, y a su vez, salvando a Ocel, quien apenas tenía días de vida.

El anciano, que huía despavorido, se topó con el felino sentado entre las sombras de los árboles, custodiando pacíficamente el cuerpo de un niño en lágrimas. Al retirarse el animal, el anciano recogió al bebé en brazos y, desde entonces, tomó cuidados por él, bautizándolo bajo su nombre.

Tras giros de la suerte y eventualidades fortuitas, los aztecas fueron asentándose paulatinamente en zonas más alejadas de los ríos, y así mantenerse distantes de otros pueblos enemigos. Para este entonces, Ocel ya tenía veinte años y era el miembro más fuerte de su grupo social; se encargaba de las expediciones de búsqueda de agua, vigilaba los límites de su asentamiento, supervisaba la caza más pesada y se entrenaba en su privacidad con la esperanza de, algún día, poder defender a su pueblo. Pero aún así, no le sería suficiente.

Al caer la noche de un día común, en uno de sus turnos de vigilia, Ocel supo distinguir a un grupo armado de exploradores tlaxcaltecas que se dirigía hacia su asentamiento. Rápidamente, tomo todos los atajos posibles para poder alertar a su pueblo, pero apenas llegó, detrás llegaron los tlaxcaltecas.

Durante el saqueo a su gente, los enemigos robaron, quemaron, derribaron y mataron cuanto les dio en gana, reduciendo su grupo social considerablemente y tomando de prisioneros a otra gran parte. Ocel fue el único de su grupo que logró liquidar a un par de invasores, llamando la atención de su general, quien al someterlo con sus hombres, se encargó de asesinar en frente suyo a varios integrantes de su pueblo, entre ellos al anciano que lo había criado.

De todas formas, los tlaxcaltecas se dieron el permiso de ser piadosos, dejando a varios con vida y soltándolos a la intemperie de la selva mientras se reían cínicamente. Ocel, parte de los afortunados, propuso que lo mejor sería reagruparse con un grupo cercano de aztecas, y así también dar aviso de la avanzada de otros pueblos por la zona.

Al llegar y dar reporte, el miedo hizo que todo el asentamiento decidiera migrar hacia otro territorio a principios del alba, selva adentro y armados con lo que sea, por precaución.

Una noche común, y tras semanas de caminata sin haber podido encontrar un sitio seguro, el grupo avistó en el cielo una luz intensa e incandescente que descendía en dirección a ellos y que, mediante más se acercaba, más se sentía el calor que emanaba. Cuando descendió lo suficiente, y tras el susto despavorido de todos, la luz fue perdiendo nitidez y logró distinguirse en ella una forma humana, increíblemente alta, de tez azul y con una vestimenta muy distinta a la de los nómadas, quienes levantaban sus manos hacia la luz, como sabiendo de quien se trataba.

Mi nombre es Huitzilopochtli—, dijo con voz distorsionada. Sigan la horda, desistan de Aztlán, hogar de nosotros, renazcan y rijan la tierra nueva, donde un águila los espera sobre un nopal, desayunando una serpiente—.

Repentinamente, la luz desapareció.

El grupo siguió, esperanzado e ilusionado por la premonición de su Dios, mas Ocel quedó rezagado, no se movió del lugar donde la luz había reposado. A su manera, pidió en voz alta que Huitzilopochtli se manifestara de nuevo, para pedirle que trajera al anciano que lo había criado de vuelta a la vida, pero en su lugar se le manifestó Tezcatlipoca, una entidad oscura y atemorizante que le ofrecería algo más que simple misericordia, y que le sería favorable para vengarse de todos los que se animaran a desafiar a su pueblo otra vez.

Ahogándolo casi hasta la muerte, suspendió a Ocel en el aire y le dijo:

Voy a entregarte a tus orígenes, a ver si sabes qué hacer con ellos—.

Después de sentir un dolor inigualable y parpadear dos veces, cayó noqueado al suelo.

Al amanecer, estaba solo, había perdido el rastro de su grupo y cuando salió a buscarlo se topó con los mismos invasores que habían masacrado a los integrantes de su anterior asentamiento, incluyendo al anciano. Aquel general tlaxcalteca ordenó que lo sometieran y que le abrieran el estómago a la mitad. Ocel estaba listo para morir, pero cuando vio la navaja presionando su abdomen, la punta se quebró. Intentaron hundir una lanza, y también se quebró.

Con un simple forcejeo de brazos, logró expulsar a metros de distancia a los hombres que lo sostenían, se abalanzó hacia los demás para liquidarlos con sus propias manos y, mientras lo hacía, se daba cuenta de cómo había cambiado su cuerpo; sus saltos eran más altos, sus piernas más ágiles, sus golpes más fuertes, podía hacer crecer sus uñas, sus colmillos y agudizar sus sentidos para saciar su sed de sangre cada vez que se le antoje.

Días después, Ocel alcanzó a su grupo, que seguía en la peregrinación por la tierra que Huitzilopochtli había premonizado, pero bien sabían que no tendrían mucho remedio si debían hacerle frente a un ataque de otra tribu enemiga. Sin embargo, no contaban con que Ocel había vuelto a sus filas para cambiar radicalmente el destino de su pueblo.

Los aztecas fueron peregrinos por décadas, tardaron aproximadamente dos siglos en establecerse en su tierra prometida para renacer bajo el gentilicio de mexicas. Con el pasar de los años, los mexicas se conformaron como una de las civilizaciones más prósperas de Centroamérica, siendo un imperio vasto y sustentable que basaba su prosperidad en la conquista, y para ello, se dice que en sus agendas bélicas contaban con diferentes clases de soldados, que eran criados para la guerra desde el día que nacían y se los entrenaba en las estrategias y conocimientos más finos del combate. Entre estos guerreros, los más populares eran aquellos entrenados bajo la creencia y las habilidades que un aguerrido salvador había transmitido de generación en generación en pos de garantizar la supervivencia de su gente; Ocelopilli, el «Guerrero Jaguar».

miércoles, 19 de enero de 2022

El misterioso jugador del CURCC

En la ciudad de Seúl, como todos los sábados después de trabajar, Aaron López Fontana se junta a jugar al Fútbol 5 con sus compañeros de la corporación.

El predio a donde van es gigantesco, de hecho es el más avanzado y mejor construido del mundo; las canchas tienen una iluminación tal que permite ver si una pulga camina por la punta del césped de la cancha, aficionados al fútbol de todas las edades viajan horas desde otras ciudades para llegar a tiempo por la reserva de una vacante, que no es para nada barata. Para todo aquel que disfrute del fútbol amateur de calidad, es un privilegio siquiera pasar la puerta de entrada.

Los amigos coreanos de Aaron son jugadores de fútbol bastante mediocres, pero lo que les falta en destreza futbolística lo compensan en el peso de su billetera, caso contrario no se reunirían todos los sábados en semejante predio. El único sin una buena situación económica es Aaron, no porque gane un mal salario, al contrario, gana lo suficiente para mantener su departamento en Yongsan y cubrir algunos gastos generales, pero lo que también debe calcular, es la mensualidad que religiosamente le transfiere a sus padres en Piriápolis, Uruguay.

Los padres de Aaron se mudaron a Chicago cuando él era chico, allí pasó varios años de su vida hasta que decidió irse a Seúl a estudiar ingeniería, todo pagado por su padre, que trabajaba para una empresa en la industria farmacéutica. Pero un año después de que Aaron se mudara a Seúl, la empresa quebró, y sus padres debieron volver a Piriápolis con nada más que sus valijas y diez dólares en el bolsillo. Desde entonces, Aaron les prometió garantizarles la misma vida que una vez habían tenido los tres en Chicago.

Siendo así, a Aaron solo le quedaría dinero para poder comprarse no más que un chicle al final del día, pero ¿cómo podía entonces pagar lo que le correspondía por la cancha de los sábados? Fácil, sus amigos siempre pagaban por él. No por lástima o por tener un gesto amable, sino porque Aaron es increíblemente talentoso con una pelota en los pies.

Gracias a Aaron, el equipo de siete jugadores donde estaban registrados en los torneos del predio de futsal, estaba invicto hace dos años, sin conocer la derrota y habiendo ganado casi todos sus partidos por humillantes goleadas al rival. Sus amigos coreanos rogaban cada sábado que ningún agente despistado de algún club del país pasara casualmente por las inmediaciones de la cancha, para que así no lo vieran jugar y no le propongan algún contrato millonario sobre la mesa que obligara a Aaron a renunciar al amateurismo que tanto les hacía disfrutar.

De tanto rogar, se ve que Dios o alguna fuerza superior universal, los escuchó. Jamás apareció nadie en el predio para ver jugar al pibe uruguayo de veintitrés que la descose en un rincón de Seúl. Salvo una vez.

Uno de esos sábados, cerca del final del partido, se aparece un hombre mayor, occidental, bastante petiso, con una boina marrón y un cigarro en la mano. Se queda diez minutos y se retira lo más campante.

Al sábado siguiente, otra vez. El viejo se queda diez minutos, termina su pucho y se va, caminando muy despacio.

La escena se repite intermitentemente; a veces aparece un sábado, al otro no, después aparece tres sábados seguidos y se ausenta los siguientes dos para luego aparecer otro sábado más. Para colmo, siempre que Aaron quiere acercarse al alambrado para alcanzarlo, desaparece.

Un día, el viejo no fue más. Aaron eventualmente dejó de interesarse en el tema y le confesó a uno de sus amigos:

Seguramente no es más que un pobre hombre que quiere disfrutar de un buen partido de fútbol de vez en cuando.

A la semana siguiente, se jugó un nuevo partido en cancha abierta, bajo una tormenta eléctrica tan fuerte que el viento modificaba el recorrido de la pelota en el aire. El partido terminó 1-0 con un gol de Aaron quien, nieve o truene, siempre jugaba excelente. Pero el partido había terminado tarde, el encargado de limpieza del predio les ofreció quedarse un poco más a todos, al menos hasta que la tormenta amainara un poco. La mayoría de los amigos de Aaron tenían auto y le ofrecieron llevarlo a su casa, pero él se negó, porque no vivía tan lejos y tampoco quería ser una molestia.

Pasó mucho tiempo, Aaron se dio cuenta que el predio estaba apagando las luces y que ya no podría estar refugiándose debajo del techo de la entrada por mucho más, y salió a caminar a su casa sin más que una fina campera y su uniforme deportivo.

Por la fuerte tormenta, decidió encarar por las calles comerciales, que eran más angostas y estaban cubiertas por edificios más altos, así se mojaría menos. Todo el lugar estaba bastante oscuro, no había un alma suelta por ningún lado, los negocios estaban todos cerrados salvo uno, el único que iluminaba la calle Hangang 21, un local pequeño que en el frente tenía un cartel que ponía: "스포츠 에디션", junto a un número telefónico.

A Aaron poco le importaba que el local sea coleccionista de ediciones deportivas del mundo, sólo le importaba saber si podía entrar unos minutos para refugiarse, al menos hasta que la tormenta calme.

El local estaba completamente vacío. No era tan grande, pero estaba tan bien organizado que podían reconocerse ediciones de todas partes del mundo; suplementos de la F1, revistas de El Gráfico de 1949 en adelante, recortes de periódicos sobre fútbol egipcio, el catálogo de modelos hot para la temporada '87 de la NBA, tarjetas de colección de cricket de la India y hasta una foto del Cabezón Ruggeri cuando jugaba en Lanús, firmada por él mismo.

Además de ser un gran jugador de fútbol, Aaron era un obsesivo aficionado a este tipo de cosas, y la variedad y la calidad de los artículos del local lo dejaba sin palabras. Pero lo que más lo sorprendió, fue la sección dedicada a Uruguay.

Al revisar detenidamente el contenido del estante, encontró un recorte estampado de una columna del diario El Siglo, de Montevideo, donde se leía: 

Sábado 12 de Noviembre de 1910
FOOT-BALL
INÉDITO ACONTECIMIENTO
EN EL PARQUE CENTRAL
DE MONTEVIDEO

Misterioso jugador ingresa
en lugar de Carlos Scarone y detona
una goleada infalible de los Carboneros
sobre la escuadra vecina de
Estudiantes de Buenos Aires
en el diluviante partido por la
Copa de Honor Cusenier.

El jugador, no registrado en la plantilla
del CURCC, anotó 9 goles y facilitó
otros 2 para el delantero José Piendibene.

La Asociación Uruguaya de Fútbol
no apelará.

Para sorpresa de Aaron, hincha de Peñarol, no estaba enterado de semejante evento. Estaba completamente seguro de que, al menos una vez, debería haber leído sobre esto en algún portal popular de la web, o escuchar a su padre hablar sobre el tema. Era imposible que algo así de significativo en la historia de su club le haya pasado desapercibido a sus ojos aurinegros, y siguió removiendo el contenido del estante para ver si encontraba algún recorte más al respecto.

Súbitamente, un rayo cae fuera del local y golpea a Aaron con una onda de choque tal que lo deja noqueado por unos minutos.

Cuando despierta, no está en Seúl, sino en los túneles del Parque Central en Montevideo, donde caía una tormenta incluso peor a la que había experimentado en Corea.

Lo primero que ve, son dos hombres, bien vestidos y empapados en agua, discutiendo a los gritos entre sí; «¡Así no podemos jugar!», distingue Aaron de uno de los dos.

—Disculpen... interrumpe Aaron ¿qué es esto? ¿qué pasa?—.

Los hombres se miraron entre sí.

—¿Usted es jugador?—.

Aaron no llegó a responder que ya le habían dado una camiseta rayada en amarillo y negro, mientras lo empujaban hacia una puerta que llevaba a la cancha del estadio.

Confundido, Aaron ve como un lesionado Carlos Scarone se retira caminando del campo de juego, quien lo saluda extrañado y le dice; «A usted sí que no lo conozco, pero haga lo que pueda». Acto seguido, suena el pitido del comienzo del segundo tiempo entre Estudiantes de Buenos Aires y CURCC (que más adelante se refundaría como Peñarol) por la Copa de Honor.

Sin salir del susto, Aaron intenta decirle al árbitro que no sabe por qué lo metieron ahí, que no quiere jugar y que por favor alguien le explique qué carajo está pasando. Pero el árbitro es soberbio, y sólo le ordena que juegue. Sus compañeros de equipo le gritan, le reclaman que corra, que baje a defender o que, mínimamente, reaccione, porque estaban perdiendo 0-1 contra un equipo argentino que nunca habían esperado que les hiciera un partido tan difícil.

Lo próximo que ven, es a Aaron, reventando la pelota de cuero al segundo palo después de gambetearse a cuatro jugadores corriendo desde el medio de la cancha, haciendo caños, bicicletas, gambetas, amagues y vaselinas que no se verían en semejante calidad hasta dentro de aproximadamente noventa años en el futuro. Y pelota tras pelota, la tormenta descomunal que caía sobre el campo de juego quedaría chica frente a la tormenta de goles que el Carbonero le propinara a Estudiantes de Buenos Aires; 11-1, resultado final.

Con el partido terminado, los jugadores uruguayos corren a abrazar a Aaron, quien lejos de entender algo, simplemente disfrutó del partido. Todos se saludan y encaran para el vestuario, y antes de que el propio Scarone se acercara nuevamente a Aaron para preguntarle su nombre, un rayo aún más potente le cae encima, dejándolo noqueado.

Al despertarse, Aaron está otra vez en Seúl, adentro del local de ediciones periodísticas pero que, ahora, es una tintorería común del barrio, y la dueña lo está echando a los gritos a la calle, en plena tormenta.

Cuando sale, mira para todos lados, las calles siguen igual de desoladas salvo por una sola persona, que fumaba tranquilo en la esquina, debajo de un techo. Aaron se acerca, reconoce que esa persona es aquel viejo que de vez en cuando se aparecía los sábados en la cancha. No te lastimaste, ¿no, pibe?, pregunta el anciano en un tono bien rioplatense. Aaron niega con la cabeza y le insinúa; ¿Usted también es uruguayo? ¿Quién es usted?.

El viejo, tira el pucho al suelo y le contesta:

Nomás un pobre hombre que quiere disfrutar de un buen partido de fútbol de vez en cuando—.

martes, 21 de septiembre de 2021

La poetisa del mar

La vida de los poetas siempre fue así, carente de sencillez. Pero si me preguntan sobre los poetas, diría algo más elaborado pero inequívocamente significaría lo mismo; todos los poetas, son más por sus dramas que por sus poesías.

Es gracias a lo que sabemos de los poetas, que hoy existe un pavimento para nuevos desdenes que todavía ni nos imaginamos cuales serán, pero que en un principio nos ayudó a ordenar y clasificar algo que en los 1900, por ejemplo, era algo tan misterioso y personal como el drama.

Ojo, no podemos clasificar el drama , pero sí a los dramaturgos, para poder entender qué radicaba en ellos y por qué. Podemos hablar de Kafka y su aparente trastorno de la personalidad, de García Lorca y la homofobia, la cuestión política de Neruda, la ansiedad de Pizarnik, e ir desde los tintes reivindicativos de Machado hasta la epicidad de Borges.

Y me agradaría decir que el caso de Alfonsina Storni no es distinto, pero lo es.

La lectura poética nunca fue mi fuerte ni mi gusto, siempre me gustaron los textos más largos, con anécdotas contadas con otros hilos y con desenlaces poco predecibles, pero lo que supe de Alfonsina Storni hace no mucho, me hizo entender varias cosas.

Hace exactamente un mes, el 20 de Agosto del 2021, fui con mi amiga Joana a conocer el mirador de la torre de la Galería Güemes. El celador nos llevó hasta el punto más alto del edificio y pudimos ver en 360° gran parte de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires junto a una pareja de viejitos cansados. Cuando llegamos, muy amablemente nos saludaron y se presentaron, se llamaban Camilo y Belinda, él de setenta años y de Galicia, y ella de setenta y dos y de Lugano, pero no de Buenos Aires, sino de Suiza.

Estaban agitados por subir las escaleras, nos contaban que hacía cuarenta años que estaban viviendo en Argentina, que por diferentes cuestiones familiares de ellos se vinieron a ver a la madre de Belinda, que había nacido acá y que desde entonces nunca se volvieron a Europa. Nos contaban que les gustaba mucho salir a caminar por Buenos Aires, por la costanera o bien por microcentro, «por la mística, la cultura y la poesía».

Mi amiga Joana es muy fanática de la poesía, me ganó en el interés y les preguntó: "¿Por qué por la poesía?", y la respuesta nos volaría la cabeza.

Belinda empezó a contarnos que su madre, Carla, era argentina, pero que había vivido unos años en Suiza porque siempre quiso conocer la ciudad natal de sus abuelos paternos (o sea, los bisabuelos de Belinda), y que después de oportunamente conseguir trabajo, se casó y tuvo a Belinda allá.

Los bisabuelos de Belinda eran de Bellinzona, pero luego de que uno de ellos, Gregor, fuera contratado como empleado de mantenimiento de barcos pesqueros en el lago de la localidad, él y su esposa Elvira se mudarían a Lugano, pero unos años más tarde, a mediados de 1896 y gracias a las políticas de inmigración de los gobiernos liberales de Argentina, el matrimonio decidió emigrar en búsqueda de una mejor vida.

Cuando partieron desde Génova, Italia, - nos contaba Belinda - Gregor y Elvira conversaron cordialmente con un matrimonio que se embarcaría también hacia Buenos Aires. El matrimonio era el de Paulina Martignoni y Alfonso Storni, argentinos que luego se irían a San Juan, donde estaba su familia, y ni se imaginaban lo que estaría a punto de sucederles.

En pleno altamar, repentinamente el clima empeoró , diluviaba a cántaros, las personas a bordo no escuchaban más que truenos y muchos de ellos pensaron que se iban a morir por los golpes que las olas le daban al crucero. En el alboroto, Gregor escuchó a Paulina pedir ayuda a los gritos porque su marido, Alfonso, había resbalado y caído al océano, y cuando salió desesperado a la cubierta para intentar ayudarla, quedó atónito por lo que vio.

En el medio de una tormenta descomunal, cuando Gregor llegó a levantar a Paulina del suelo, ambos vieron asomarse desde el borde del barco a una criatura enorme, con forma humana, de color azul y gravemente herida, que sostenía en una mano a Alfonso quien, a su vez, tenía en brazos a un bebé, con rasgos similares a los de la criatura, y que luego de reposar a ambos en la cubierta del barco, se zambulliría de nuevo en el océano, para que en cuestión de minutos la tormenta se esfumara.

Alfonso estaba en shock, parecía haberse olvidado de cómo parpadear, Paulina y Gregor le hacían preguntas pero no respondía, solamente bajaba a la mirada para ver al bebé, que a medida que lloraba iba perdiendo los rasgos similares a la criatura para adoptar más los rasgos humanos de Alfonso, quien se daría cuenta que no era un bebé, sino una beba, a quien le dedicó sus primeras palabras después del shock: «Alfonsina, dispuesta a todo».

Cuando llegaron a Buenos Aires, Alfonso y Paulina se despidieron de Gregor (quien en Argentina se haría llamar Gregorio) y Elvira, con quienes acordaron no decir una sola palabra de lo que había sucedido en altamar, y jamás se volvieron a ver. Solo supieron que los padres de Alfonsina registrarían su nacimiento hasta muchos años después, manifestando que había nacido en Suiza, en la ciudad donde ellos habían vivido un tiempo.

Pasaron los años, Gregorio y Elvira se establecieron en Buenos Aires, ambos con empleos medianamente decentes y hospedados en una pensión compartida en el barrio de San Telmo. El episodio del barco nunca lo habían traído nuevamente a la luz y jamás escucharon algo sobre Alfonsina o sus padres, hasta que un día de 1916 y gracias a las revistas de la ciudad que leía Elvira, vieron en uno de los poemas la firma «Alfonsina Storni». Al verla, ambos quedaron atónitos, porque sabían exactamente de quien se trataba.

Con el tiempo, Alfonsina se fue convirtiendo en una intelectual reconocida en la comunidad de escritores y poetas rioplatenses, más en su condición de mujer en aquella época, pero aún así y para sorpresa de Gregorio y Elvira, nunca se sospechó nada sobre sus orígenes, nadie supo nada, quizás ni sus hermanos ni sus hijos supieron quien era ella realmente o de donde venía.

A fines del año 1935, Alfonsina había superado una operación consecuente del cáncer, y se hospedó en una casa de la calle Suipacha en Buenos Aires, Elvira se enteró y le dijo a su marido de ir a visitarla, pero Gregorio se negaba, decía que no correspondía, pero aún así, Elvira lo obligó. Se presentaron como "amigos de sus padres", pero Alfonsina era demasiado paranoica, se desentendió y les cerró la puerta en la cara.

Desde entonces, tanto Gregorio como Elvira quedaron consternados por su imprudencia, pero sabían que, de alguna manera y en algún momento, tendrían que hablar con ella. Gregorio insistió demasiado, fue tres veces más a su casa y hasta llegó a esperar a que saliera en dos ocasiones para hablar con ella sin éxito alguno, motivo por el cual Alfonsina decidiera mudarse al Edificio Bouchard, para librarse del acoso de Gregorio.

Sin embargo, algo debió haber reflexionado Alfonsina para que finalmente decidiera recibir en sus condiciones de salud y en su propio departamento a Gregorio, quien nuevamente se las había arreglado para dar con ella.

Alfonsina lo invitó a pasar a su habitación, despachó a la mujer que la ayudaba con las tareas del hogar y quedaron solos. Él le comentaba, con mucha vergüenza, como era que había conocido a sus padres, en qué condiciones y qué había vivido junto a ellos en altamar, y para su sorpresa, Alfonsina era consiente de lo que le estaba contando.

En una charla que duró más o menos tres o cuatro horas, Alfonsina le confesó a Gregorio que ella no era humana, o que en realidad era «mitad humana y mitad algo más», que era hija de su padre Alfonso, más no de su madre Paulina, porque cuando salió del océano necesitó que su verdadera sangre se mezclara con la sangre de algún humano para poder vivir en un mundo fuera del agua. Le contaba que aquella criatura gigante y malherida que la dejó en brazos de Alfonso, era en realidad su verdadero padre, quien la estaba salvando de una guerra civil que existía bajo los mares, y que fue quien le indicó a Alfonso, cuando cayó en el océano en medio de la tormenta, que por favor se llevase a su hija.

Alfonsina mantuvo contacto con Gregorio, incluso cuando se mudó a Mar del Plata, dejándole escrito el número de teléfono del hotel donde se hospedaría para que la llame seguido y así pudieran seguir conversando. En sus últimos días, Alfonsina le confesaba a Gregorio que siempre tuvo una fascinación incrédula con el mar, quizás porque de allí venía, quizás porque extrañaba a alguien , quizás también porque ya no extrañaba nada. Pero que todas sus mayores desgracias, empezaban y terminaban en el agua: que sus llantos en los barrancos del Río Paraná no eran simplemente llantos, sino que se reunía con seres de su familia para consolarse, que entendía que su padre Alfonso fuera tan melancólico después de su episodio en altamar, que cuando ella jugaba en las playas de Mar del Plata fantaseaba con que alguno de sus hermanos del agua la viniera a visitar, que si ella caminaba por algún río de Colonia en Uruguay lo hacía descalza para así recordar de vez en cuando cómo se sentía estar en casa, pero sobre todo entendía que la guerra submarina por la que tuvo que irse aún seguía librándose, porque la ola que la golpeara tan fuerte en el pecho y que luego le ocasionara el cáncer de mama no fue simplemente una ola, sino alguna bestia del mar que vio en ella una oportunidad de atacar a alguien del bando contrario.

Gregorio habló por última vez con Alfonsina una tarde del 25 de Octubre de 1938, quien finalizó la llamada con un "Gracias Gregorio, y disculpe por la tormenta de la vez aquella". Nervioso, llamó cientos de veces al mismo teléfono sin recibir contestación alguna, para que al día siguiente se desayunara el verso de 

"si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido...".

Hay dos versiones sobre el nacimiento de Alfonsina; una dice que nació en Suiza y que la registraron unos días después; otra dice que nació en altamar.

Existen dos versiones sobre la muerte de Alfonsina; una dice que una madrugada de Octubre de 1938 se arrojó desde una escollera en Mar del Plata, suicidándose; otra dice que simplemente fue a caminar, se adentró en el mar, feliz por primera vez en su vida y nunca más se la volvió a ver.

Pero es una sola la historia de vida que se cuenta sobre Alfonsina, sobre quien fue, cuales fueron sus problemas y cómo los usó ella para convertirse en una poetisa del drama; yo hoy te cuento por qué fue la poetisa del mar.

lunes, 6 de septiembre de 2021

Carta para el Franco de Cincuenta años.

Bueno, acaban de pasar dos días de que cumplí veinticinco. Yo sé que me vas a leer en algún momento, y aunque falta una banda, hay un par de cosas que me gustaría que me cuentes, pero no hace falta que te apures, sé que falta mucho.

No me vas a dejar mentir, nunca nos sentimos de veinticinco. Con una pandemia encima y casi veinte meses de envejecimiento tirados a la basura por tan estáticos que estuvimos en nuestras casas, es de esperar que no nos haya caído la ficha a tiempo de la edad que teníamos.

De todas maneras, cayeron otras fichas. Cuando tenía veintitrés, jodía con mis amigos diciendo que me asustaba saber que en siete años tendría treinta, nos reíamos y la dejábamos pasar, pero una pandemia después y que, después de un parpadeo, a esos veintitrés se le hayan sumado dos más, es un susto un poco mayor. No tanto un susto por el número, sino por la sensación de que lo que teníamos para los veintitrés, no se renovó mucho al pisar los veinticinco.

No estoy ni a la mitad de mi carrera, no sé si debería estudiar otra cosa, no sé todavía lo que es un trabajo en blanco, no tengo un auto, ni novia, y me cansa un poco la misma rutina de siempre, yéndome a dormir pensando que esa realidad tiene que durar un día más.

No jode tanto lo de la novia, pero lo otro me quita horas de sueño, a veces ni siquiera duermo y, cuando me reflejo en semejantes, no logro entender qué estaré haciendo mal, o qué me faltará hacer, para competir (sanamente) con la realidad de esa persona.

Ya sé, deja de cagarme a pedos, no sé ni qué mierda estás pensando pero te conozco y sé que es lo que me podés llegar a decir, pero bancá un toque, hago lo que puedo con lo que tengo. Vos lo sabés.

Lo que te puede servir de Tafirol para el dolor de cabeza que te estoy causando, es que en realidad sí me di cuenta de lo mucho que me falta por vivir. O sea, son veinticinco años, pensar que esto te va a llegar dentro de cinco lustros me vuela la cabeza, no puede ser que hoy sea tan joven y que todavía no lo sepa, que no caiga en el tiempo que me queda para aprovechar e invertir. Pero me es imposible pensar que los podría haber vivido de una manera diferente.

Quisiera que sea al revés y que me digas vos cómo son las cosas en tu vida del 2046. Y no me refiero a si los autos vuelan, o si ya se puede viajar a Marte en el aéreo que para en la esquina, o si las compras que hacemos por MercadoLibre llegan a través de un drone a hélice de avanzada IA, o esas pelotudeces. Es más personal.

Quiero saber cual es tu título, o si tenés más de uno, quiero saber de qué trabajas, si los plazos fijos siguen existiendo o si mágicamente te hiciste millonario por alguna cosa medio rara que descubriste, si el lugar donde estás viviendo es aquel donde hoy yo quiero estar, si la vieja está bien, si el Peugot 208 sigue siendo un autazo, si tu hija se llama como yo sé que se va a llamar, si ahora el daltonismo tiene cura o si es un motivo para hacernos famosos, si te hiciste un tatuaje que te dolió hasta el ano o si simplemente tenés la capacidad y la tranquilidad mental de decir "Sí, querido Franco delgado con pelo largo del 2021, al final llegamos a los cincuenta siendo felices, no te preocupes".

No te pido mucho.

O mejor dicho, es un montón, sí, pero por ahí sabés que me estoy haciendo el boludo para disimular que estoy un toque desesperado e intranquilo. No es tanto por tus respuestas, sino sobre cómo obtenerlas para responderme a mi yo de ahora, dentro de cincuenta años.

Al fin y al cabo, ese vacío que sentimos desde el 2014 sé que está ahí y que es la madre de todas las variantes raras de mi futuro, para bien o para mal, per al menos quisiera saber si aprendimos a lidiar con esa responsabilidad, pero okey, somos supersticiosos y tuvimos que recurrir a escribir (lo mejor que sabemos hacer) para calmarnos. Bah, capaz vos ya estás calmado.

A groso modo, si lo único que nos queda y que sé que va a perdurar hasta que me respondas, son los recuerdos, yo te aseguro que te los voy a dejar en la caja fuerte, con la contraseña de siempre y con un easter egg que diga "si lees esto es porque tenés cincuenta año y sos un viejo puto", así explotamos juntos.

Y a modo de cierre, así no te hago enojar causándote calvicie, te quiero decir que te quedes tranquilo, sé que responderle a la gente que eventualmente venga a preguntarnos aquello que queremos responder, ya no me como el mundo insolentemente como antes, empecé a laburar con lo que somos hace no mucho, tengo muchas ganas de saber de vos y te prometo, con toda seguridad, que vamos a seguir siendo futboleros, peronistas y de Zona Sur para toda la vida.

P. D.: apenas pueda, te voy a dejar un grabado en algún lugar de la Ciudad Autónoma o de Avellaneda, para que lo leas y digas "fua, re boludo el que escribió esto". No para que hagas nada, es por la épica nada más. Cuidate mucho.