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martes, 13 de marzo de 2018

Las cucharas de Hilda

El 21 de Junio del año 2000 mi abuela me contó una de las mejores anécdotas ficticias de mi vida. Me acuerdo de la fecha tan específicamente porque ese día Boca le ganó por penales al Palmeiras de visitante y levantaba su tercera Libertadores de su historia, de no ser por ese acontecimiento seguramente ni me acordaría de esto.

Y digo ficticias porque en realidad eran más bien historias que me contaban para que yo cerrara la boca cada vez que me ponía insoportable en los almuerzos de los domingos.

En aquel momento, las últimas jornadas de la semana no eran simplemente almuerzos. La familia se juntaba para devorar descaradamente y sin temor a faltar modales los fideos con tuco de mi abuela Hilda y, de vez en cuando, asaditos del abuelo Julio.

Aquellos domingos, yo con casi 4 años, mi diversión se repartía en comer con los dedos y escuchar las cómicas epopeyas de mi tío cuando estaba en la marina o la prefectura. Pero como todo niño en formación y con delirios de adultez, yo también quería tener cosas interesantes y graciosas por contar, así que me gustaba arrodillarme en la silla y contar como mi compañero Sebastián le tiraba del pelo a Juan Manuel para molestarlo en la salita roja.

Para mí era cómico e interesante, pero para los adultos de mi familia, era aburrido y estresante, aunque regocijante escuchar al primogénito contar sus odiseas infantiles. Pero como les superaba más la situación de cierto desinterés, se turnaban entre mis padres y mis abuelos para contarme cosas y hacerme cerrar el culo de una buena vez.

Entre tantos cambios de roles, un día mi abuela se inspiró a lo Fontanarrosa y me diseñó de manera sublime una anécdota para cada cucharita que tenía.

Vale aclarar que la colección de cucharitas de metal de mi abuela era increíblemente variada: cucharas nuevas y relucientes, viejas y oxidadas, cucharas dobladas por el uso y hasta cucharitas con microdiseños.

Entonces, a mi abuela Hilda se le ocurrió la fantástica idea de combinar su fanatismo político con las cucharas. Y empezó:

  • "Esta cucharita es una de las mejores que tengo, tiene diseños de animales en la partecita larga, ¿ves? Esta me la dio el General Perón una vez que vino a tomar café a casa, porque siempre se traía su cucharita personal"
  • "¡Uy mira esta cuchariiiiita! Es muy simple, muy humilde. Esta me la dio Arturo Illia cuando fui a su casa por una consulta médica, porque él era doctor, ¿sabías?"
  • "Já, mira vos que cosa. Esta de acá está toda doblada y fea porque es una que me quiso robar De la Rúa, se la tironeaba de un lado para el otro, ¡me quería robar la cucharita!"
  • "Nonono, esa cuchara vos no la podes tocar. Es la cuchara de Videla, no la uses"
  • "¿Vos querés saber de esta cuchara? Esta es de Galtieri, está toda abollada porque se la tiré por la cabeza y no le dí".
  • "Esta cuchara me la dio Menem cuando le dije que no quería salir con él"
  • "Y esta cucharita es la mejor. Le tengo mucho cariño porque tiene mucho valor para mí. Es la cuchara de Evita, mirá que linda que está, la usé muy pocas veces"
Fue cuestión de tiempo darme cuenta que en realidad mi abuela nunca había conocido a ningún presidente de la nación. Que mucho menos había tomado té o café con alguno de ellos. Y ni hablar que le habían regalado cucharas o querido robarle a mi abuela.

La anécdota de las cucharas, hoy que las cosas son tan diferentes, deja otra enseñanza que solamente querré compartir conmigo mismo para mis adentros. Porque por un lado es triste que a un nene se lo quiera entretener con cucharas politizadas, pero por otro es único e irrepetible aprovechar un momento para dejar en claro un concepto.

A mis casi 22 años, yo ya conocí personalmente a dos presidentes de la nación, una vicepresidente y varios intendentes, diputados y gobernadores. Por supuesto que nunca fue en circunstancia de tomar un café, ni mucho menos sería algo que quisiera hacer porque la política me la tomo muy en serio.

Y hoy entiendo a qué se refería mi abuela con "cuchara". Era más que una metáfora de lo trágico y lo polarizado de la política argentina, era más que memoria e incluso era aún mucho más que un cuentito para un nene.

Hoy estoy seguro que cada político toma café o té, o chocolatada capaz. Más seguro estoy de que cada uno tiene su cucharita cotidiana en su casa para acompañar esas bebidas. Pero yo me pregunto, ¿podré contarle a mis hijos o nietos, el día de mañana, que un político "usó" cucharitas conmigo? ¿O les contaré que en realidad cada uno tiene su cuchara personal para tomar café?

Lo que sí sé es que a mi siempre me gustó más el mate, y las bombillas son todas iguales, cumplen la misma función y nada llama menos la atención que una mísera bombilla de mate. Mejor les enseño a preparar un buen matienzo para compartir con la familia o amigos que a tener una cuchara con la cual tomar café de vez en cuando.

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